domingo, 17 de diciembre de 2017

Miel

Ayer a la noche la 2 de TVE puso una película realmente interesante. No diré si buena o no, pero sí que fue realmente interesante. Se trató de “Miel”, una producción italiana del 2013, dirigida por Valeria Golino, sobre una novela de Mauro Covacich.
La película se centra en la figura de una mujer joven (Miel), cuyo “trabajo” consiste en ser el eslabón vivible y “ejecutor” de un grupo privado que se dedica al negocio de asistir y procurar una muerte sin dolor y rápida a quien lo requiere. En la película lo llaman eutanasia, pero nunca es ella la que mata, sólo la que proporciona las condiciones para que lo haga quien así lo ha decidido. Por eso creo que más bien estamos ante el suicidio asistido.
Primer gran tema: ¿negocio privado o servicio público? O sea, el mismo tema que con la educación, la sanidad, o las pensiones de jubilación.
La ilegalidad (en la película) provoca que sea un negocio clandestino, por tanto sin control de nadie, sin condiciones, aunque se presente como un servicio a quien lo necesita (que puede que también lo sea).
Al pairo de ello, ¿quién puede permitirse semejante gasto? Porque las cantidades de dinero que parecen moverse son abultadas. El “servicio” no es nada barato. Y en la película se explicita que sólo unos pocos pueden acceder a él.
Otro ramillete de temas interesantes los va a sacar a la luz la pretensión de hacerse con uno de esos “servicios” por parte de una persona sin ningún mal físico, en perfectas condiciones mentales y corporales. Será él quién plantee con toda crudeza qué personas tienen derecho al suicidio asistido y quiénes pueden poner las condiciones requeridas.
Por último, un tercer capítulo de temas son los que giran en torno a los sentimientos, las reflexiones, los planteamientos íntimos de Miel, es decir del “facilitador”.
Si en Italia, el año 2013 se hace una película como ésta, debo sospechar que no será una casualidad y que ya estarán funcionando, en la clandestinidad, servicios de suicidio asistido, para quienes se lo puedan pagar. ¿No os recuerda –a los mayores- aquella situación que se daba en España en los años 70 con el aborto?
Si es así, no tengamos dudas de que por parte de los negociantes (nunca, ninguno de ellos va a querer perder su negocio) habrá toda clase de trabas, todas las presiones necesarias, ideológicas, económicas, logísticas, para que no se convierta en un derecho reconocido y, por tanto, en un servicio social.

Los que estáis interesados-preocupados por el tema de las pensiones de jubilación, no deberíais dejar de leer la última entrada del siempre recomendable blog de Imanol Zubero (https://imanol-zubero.blogspot.com.es/)

domingo, 3 de diciembre de 2017

Helado


Tarde de domingo con cero grados en el exterior y buena leña en el interior. Día de quedarse congelado, el de hoy. Claro que en Bilbao, el mediodía que os dado el basket habrá sido bastante más duro que este frío y la nieve (la que cayó ayer, más que hoy).
He empezado la mañana patinando, literalmente, sobre un suelo helado y ha habido varios momentos próximos a la congelación a lo largo del día, pero lo que en verdad me ha dejado gélido ha sido la lectura del periódico.
El Correo digital (el otro no se ha acercado por aquí) proclamaba, una vez más, en grandes caracteres, mi (nuestra) estupidez… o quizás el absoluto desprecio de algunos que se dicen periodistas por quienes pagamos (¿por qué?) su insulto a nuestra inteligencia. Se trata de un artículo escrito por  un tal David Valera, que no tiene desperdicio (el artículo).

Decía el titular:  
Los contribuyentes con rentas entre los 12.000 euros y los 21.000 euros lograrían aliviar la mitad del ahorro medio.
Y, como el titular cumple con la característica de que apenas se entiende, éste era su primer párrafo:
"Saber aprovechar las deducciones o exenciones que ofrece el sistema tributario mediante una buena planificación fiscal puede permitir un ahorro medio de 3.200 euros en la próxima declaración de Renta, según la estimación realizada por el Sindicato de Técnicos de Hacienda (Gestha). Eso sí, ese ahorro no es igual para todos los contribuyentes. De hecho, los principales beneficiados son aquellos con unas rentas más altas, mientras que las personas con ingresos inferiores deben conformarse con cifras de ahorro más modestas. Según Gestha, esto es así porque la reforma fiscal de 2015 estuvo pensada para favorecer a los altos patrimonios."
O sea que, los 8,6 millones de pensionistas (6,3 millones de ellos jubilados, cuya pensión media se sitúa en casi 15.000 euros anuales) y los3.335.924 de parados (registrados en julio del 2017) – para una población de 45 millones y medio de españoles- , sólo necesitamos una “buena planificación fiscal”.
Tontos, que somos unos tontos.
¡Cómo me gustaría echarme a la cara a ese tal David!. 3.200 euros de más que vamos a pagar en nuestros impuestos por tontos, que somos unos tontos.


Luego, seguía otro artículo del mismo experto periodista en el que se nos brindaban seis consejos fiscales. No me ha dado más que para echar una rápida ojeada por encima: mi cerebro padecía congelación de segundo grado y no funcionaba ya.

sábado, 25 de noviembre de 2017

La violencia justa

¿Aprobamos (en nuestro fuero interno, claro)que la mejor forma de librarnos de los proxenetas, los violadores de niños, o los maltratadores de mujeres sería eliminarlos, acabar con ellos?
¿Deseamos una muerte dura, dolorosa y fruto de la tortura para quien ha prostituido a mi hija, ha violado a mi niño o ha maltratado y abusado de la mujer que amo?
Y, por consiguiente, ¿apostamos por la existencia de un cuerpo socialmente constituido, aprobado y mantenido, que nos libre de semejantes monstruos, aniquilándolos?
O, en su defecto, ¿nos gustaría contar con la colaboración activa de algún superhéroe vengador, de algún personaje, tierno y duro a la vez, invencible por los “malos”, capaz de cualquier violencia que nos saque las castañas del fuego?
Y, si fuéramos uno de esos superhéroes, o uno de los violados, abusados, prostituidos, y estuviéramos inmersos en la tarea de matar a quien lo hizo, ¿cuáles serían nuestros sentimientos, nuestras reflexiones?
“- Los malos sobreviven y nos ganan porque no respetan ningún código ético, porque hacen trampas, porque engañan y se saltan todas las reglas. […] Le diste a aquel hijo de puta lo que se merecía porque sabías que la Justicia nunca sería lo bastante justa con él.”
De eso va “La violencia justa”, de Andreu Martín.
Os hacéis una idea de que es novela para adultos.
Por su puesto hay una violencia justa. A estas alturas del partido, ya está muy claro: derrocar al dictador, desarmar al que va a disparar contra inocentes, ¿torturar al terrorista hasta que confiese dónde va a estallar la siguiente bomba?


La novela es dura y escabrosa a veces.

¿Tomarte la justicia por tu mano?
“- Siglos de civilización nos han enseñado que la venganza no acaba con los violentos. Que tenemos que respetarlos, que tienen derecho a un abogado defensor, que tienen derecho a mentir para defenderse, y a someterse a un juicio imparcial donde el juez pueda fallar a su favor.
-Nos han castrado […] No han hecho inútiles, unos eunucos, cobardes, indefensos. Nos han desarmado. El animal que llevamos dentro […]es tan sabio como la sabia naturaleza, mucho más sabio que los filósofos, que los legisladores, los jueces y los políticos”

Recuerdo muy poco de mi iniciación en la novela negra. Probablemente no sería capaz de daros muchos títulos de aquel inicio, pero sí algunos nombres que me engancharon para la causa: Hammett, Chandler, Himes, Higsmith, Maj Sjöwall y Per Wahlöö,   y Vázquez Montalbán. Junto a ellos se alineaban Jordi Sierra i Fabra y Andreu Martin.
Así que no pude resistirme, cuando supe que este último, a sus 68 años (¿se debería haber jubilado ya? – me pregunté), había recibido el premio RBA del 2017.
Esta novela no os defraudará. A veces, quizás se os haga un poco excesiva. Pero no defraudaría ni a los lectores de bestsellers, ni a los de novela romántica. Cuánto menos a vosotros, amantes de la novela negra, quizás hoy diría mejor del thriller.

Os comento, para quien le interese, que en el otro lado de la balanza debo colocar hoy “Quédate este día y esta noche conmigo “, de Belén Gopegui. Es una autora que me gusta, pero esta novela, que no he acabado, me parece más bien un ensayo filosófico, con Google como receptor-interlocutor. Tanto que a punto he estado de coger papel y boli para tomar apuntes y tratar así de entender de qué iba.


miércoles, 22 de noviembre de 2017

Suicidio asistido

Si tu pareja, tu hijo, o tu amigo te repiten que ya no pueden más, que no aguantan tanto dolor, y, sobre todo, que nada les une ya a una vida de sufrimiento, vacía, sin esperanza ni futuro.
Si tu pareja, tu hijo o tu amigo, te suplican que acabes con su vida, que los mates porque ellos no pueden ni hacerlo.
¿Qué harías? Yo lo tengo muy claro. Ahora no se si llegado el momento sería capaz, tendría semejante valentía, pero hoy por hoy, hoy que no es más que una pregunta retórica, lo tengo ciertamente muy claro.
Y entonces, lees la noticia: J.A. G.L. ha sido condenado a siete años de prisión por matar a su madre. Y sus palabras: “Quitarle la vida a la persona que más quiero es un peso que voy a llevar toda mi vida”.
La justicia (la misma justicia injusta de siempre) lo ha condenado a siete años, pero el día que mató a su madre él ya se había condenado de por vida a vivir en la cárcel de su acción.
La pregunta surge inmediata: ¿hasta cuándo alguien habrá de enfrentarse a solas con semejante trance?; ¿hasta cuándo una justicia justa no regulará estas situaciones, que se harán cada vez más habituales?; ¿para cuándo establecer socialmente (es decir, entre todos) las condiciones idóneas para un suicidio asistido?
No será fácil la regulación. Hay muchos problemas por el camino. Por supuesto. Pero hay que empezar. Ya.
Si algún partido quiere mi voto en las próximas elecciones que sepa que irá para aquellos que se comprometan a empezar las gestiones que nos hagan avanzar rápidamente en este terreno.

Y si nadie escucha esta demanda, habrá que “meter ruido”, Los “viejos activos” tenemos aquí un gran “campo de trabajo”.

martes, 14 de noviembre de 2017

Problemas de viejos

Era una conversación intrascendente, de las que se tienen tomando una caña.
En un momento que ahora no lograría aislar, sin que yo recuerde por qué, él se dirigió hacia mí y (poned aquí tono de voz de “condescendencia con el abuelete”) me dijo:
- Pero si vosotros no tenéis ningún problema. Loa mayores tenéis todo resuelto ya.
Pude repetir por enésima vez un encogimiento de hombros, una sonrisa forzada y un silencio aquiescente (ese bajo el cual escondo muchas veces un “será gilipollas este tontodelculo”).
Pero, no. Debía andar yo caliente, y eso que aún era la primera caña de la tarde. Así que el discurso me salió fluido, sin cortes, sin que nadie se atreviera a interrumpirme:
-Pues mira, por ponerte algún ejemplo: la corrupción política; la inflación, el paro y la precariedad del trabajo; el agudizamiento de las desigualdades sociales; el auge de la ultra derecha; el aumento del número de pobres; el elevado riesgo de exclusión social; el control de la economía por las grandes fortunas, las multinacionales y los bancos; la escasez de vivienda a precios asequibles; un sistema de educación clasista y utilitarista; la desigualdad de las mujeres, de los inmigrantes, de los menores excluídos; la polución y el cambio climático; la discriminación de las minorías étnicas; el encarecimiento de la electricidad y la gasolina; la poca credibilidad de la prensa; los modelos a imitar que nos propone la televisión; el escaso compromiso con el cambio de todo lo que antecede; …
(Silencio)
O, ¿es que nos habéis echado fuera de esta sociedad?
(Más silencio)
Claro que luego tenemos problemas que parecen ser más específicos de los viejos: la devaluación progresiva de las pensiones; pensiones “de risa”; la escasez de residencias; unos servicios sociales pobres y poco profesionalizados; la ayención tardía y deficiente de Osakidetza;…
Pero, estos son problemas que los de 30, 40 ó 50 años compartís con nosotros, ¿no? O, ¿de quién tiráis para aguantar vuestras crisis y necesidades? o ¿quiénes nos vais a aguantar cuando llegue el tiempo de hacerlo?
(Más silencio. Todo silencio)
¿O crees que la primera vez que me pagaron la pensión de jubilación, me dieron el título de “el tonto del pueblo”?

La tertulia en torno a la caña se había echado a perder, así que me levanté y me fui. No sin antes haber pagado mi consumición.

Aviso para sociólogos: muy pronto, si no ya ahora, el tramo de edad “65 años y más” no servirá para afinar en los análisis de la realidad. No estamos para semejante reducción.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Otra de viejos

Desde hace ya más de un mes parece insolidario, “intemporal”, y hasta casi imposible, escribir de otra cosa que no sea Catalunya.
Pero, salvo algunos ratos (demasiado largos, a veces) y algunos trozos de mí mismo, mi solidaridad, mi inmersión en el tiempo y mis posibilidades (elegidas) han girado en torno a las “personas mayores”, que dicen ellos, o sea “viejos”, que digo yo.
En realidad es algo mucho más importante, presente y decisivo, como lo son otros tantos asuntos “olvidados” en el agujero tramposo de una actualidad dirigida: la corrupción, a favor de quién se van a hacer los presupuestos de este año, aquí y allá (si se hacen); el pacto escolar y las líneas maestras de la educación que se están trabajando en Euskadi; el paro (130.000 parados en el País Vasco); la huelga de Bershka (y alguna otra) (mientras Amancio Prada obtiene unas ganancias de 1.256 millones de euros en dividendos, solo en 2017). Sin olvidar la triste marcha del Bilbao Basket.
Volvamos. A lo que importa ahora. Resulta que llevo un par de meses liándome (a poquitines) en Hartu-emanak (una asociación de “mayores” empeñados en procurarse y promocionar un envejecimiento activo.
Las personas mayores de 64 años somos muchas y cada vez más. Sólo en Bizkaia hay más de 230.000, es decir: uno de cada cinco bizkaínos.
Y cada vez duramos más en esta condición: que la esperanza de vida pasa ya de los 80 años. Si tuvierais tiempo (¡ja!) y ganas para asistir a alguno de los encuentros de estas gentes veríais que es verdad que muchos “estamos hechos unos chavales”.
Así que nos planteamos que, pasados los 64 años y salidos (algunos dicen que sacados, pero allá ellos, que yo me he salido muy a gusto) del mundo del trabajo productivo (productivo, sobre todo, para los que lo mangoneaban), nos quedan una porrada de años por delante, que no podemos perderlos, que no podemos dejar de ser tan personas como lo fuimos o lo quisimos ser, que no podemos ser, exclusivamente, una carga para las generaciones siguientes, que tenemos un montón de riqueza acumulada en experiencia, que… No os imagináis cuántos “ques”. Porque ahora tenemos tiempo, mucho tiempo, para pensar, discutir, escribir,…
Voy a dejar este rollo aquí. Citando a Enrique Gil Calvo. Suyas son las palabras que siguen: “Contra la tentación del retiro pasivo todavía dominante, cuando se acerca el final de la vida queda una última tarea pendiente a realizar de forma intransferible, que es envejecer con autoridad, respeto ajeno y propio orgullo, para de esa forma poder morir más tarde con dignidad”.
Es lo que comúnmente viene llamándose envejecimiento activo.
Aunque ya he escrito sobre esto de forma suelta en otras entradas, no quisiera que nadie se enfadara ni se me “querellara” por el asunto de los “viejos”. Sabéis que me gusta definirme como viejo. Trato de explicarme a continuación.
Me ha costado casi una vida llegar a viejo.
Y en cuanto creí haber llegado, comencé a oír voces (muchas voces) que me lo recriminaban porque “viejos son los trapos”, “viejas son las cosas”, pero “las personas no somos viejos”.
Tuve que preguntar qué era yo, entonces, a dónde había llegado.
Unos me dijeron que era una persona mayor: Pero yo ya era “mayor desde el año 1950, cuando nació mi hermana, que me hizo “el hermano mayor”.
Otros me dijeron que yo  era un jubilado: Eso era cierto. Yo venía del mundo del trabajo, y lo acababa de dejar. Pero, mientras estuve trabajando, salvo en determinadas circunstancias,  no me definía a mí mismo como un trabajador. Lo era, pero había definiciones  de mí mismo más importantes, más interesantes: padre, esposo, amigo, ciudadano,…
Por fin, unos terceros me dijeron que había entrado en la tercera edad: ¿En la tercera? – dije. ¿Y, cuáles son las dos anteriores? Yo había oído hablar de niñez, adolescencia, juventud, madurez y ahora resultaba que estaba todavía en la tercera. ¿Cuál era la tercera? Y, además,  aquello me sonaba a “Tercer mundo”. Y no me gustaba.
Como nada de lo que me decían me convencía me fui al diccionario de la Real Academia y leí:
 viejo, ja
Del lat. vulg. veclus, y este del lat. vetŭlus, dim. de vetus.
1. adj. Dicho de un ser vivo: De edad avanzada. Apl. a pers., u. t. c. s. (usado también como sustantivo)
 Y seguían otras veinte acepciones que no vienen al caso.
Era lo que yo pensaba de mí mismo: “soy de edad avanzada” Así que empecé a reivindicar el título de viejo. Sólo para mí. Hay otras personas de edad avanzada a las que ese título no les gusta, les irrita, incluso les parece ofensivo. A ellas no las llamo nunca viejos.
Y cuando creía tenerlo claro, llega todo este asunto del “envejecimiento activo”.
O sea, vamos, que resulta que estoy envejeciendo continuamente. Desde que nací estoy metido en un proceso que no va a acabar nunca, hasta la muerte. Todo el día metido en un proceso que no tiene fin, que nunca llega a ninguna situación estática. Más o menos, sería como estar todo el tiempo yendo a la playa, pero sin llegar nunca. No me gusta demasiado.
Así que voy a seguir reivindicando para mí el estatuto de viejo, y, si encuentro otros como yo, intentaremos formar entre  todos  un movimiento de viejos activos.

Otro día os cuento sobre los viejos catalanes.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Taxi

Creo que “Taxi” es otra gran novela de Carlos Zanón.
Su lectura me ha presentado dos dificultades (que no he podido salvar): de una parte la cultura musical de la que hace gala y que a mí me falta me ha hecho suponer que estaba perdiendo matices en algunas ocasiones. De otra parte (una vez más) el desconocimiento de la geografía de Barcelona no me ayudaba, en otras ocasiones, a situarme en los largos (o, quizás, cortos) viajes del taxi y del taxista.
Escribir ahora sobre ella, añade una tercera dificultad: no sabría situarla rotundamente en ningún género de novela: tiene de novela amorosa, psicológica, road movie, negra, de aventuras,…

Pero esto último, pienso, no es negativo. No hace que la novela desmerezca ni un poco. Su creación de personajes, no sólo ese taxista apodado Sandino, sino también alguna de las mujeres que rodean su actividad diaria, ese Jesús (carpintero, hijo de María y nieto de Ana), los “malos”; el cambio de punto de vista, cambiando el narrador o los receptores del relato; su intriga y la “velocidad” que imprime a una narración que no quieres abandonar hasta el final;… y alguna otra virtud, me hacen afirmar que “Taxi” es un novelón que no deberíais dejar pasar por alto.
Esta sí que es una novela y no lo de Puigdemont vs. Rajoy

sábado, 14 de octubre de 2017

Subsuelo y otras


“Subsuelo” de Marcelo Luján es un relato pleno de suspense, que, además de leerse “de una tirada”, pide la colaboración activa del lector para ordenar una y otra vez la cronología y la particular visión que de lo que sucede tiene cada personaje.
Se trata de un estilo muy cuidado, enormemente atractivo, que te agarra y no te suelta y que, sirve de soporte a una historia dura, pero sugerente, oscura, pero capaz de penetrar en el “alma” de quienes tienen que vivirla.
Todo ello enmarcado por una atmósfera cerrada, opresiva e inquietante.
De las de recomendar vivamente.
No puedo decir lo mismo de las dos novelas que empecé antes de ella: “El libro de los espejos” de E. O. Chirovici me ha resultado un “petardo” soso, de esos que ni fu ni fa.

Y “Prólogo para una guerra”, de Iván Repila me ha resultado inabordable, no he podido con ella… y lo he intentado. ¡Qué le vamos a hacer! Debe ser muy buena, pero todos no estamos preparados

domingo, 8 de octubre de 2017

Malas noticias a la hora del desayuno

Escribo en caliente, o al menos “en noticias recientes”. Sin dejar paso al poso. Sin esperar a que se aclare nada. Sin tregua a que el pensamiento tranquilice a la emoción. Con la urgencia (nada urgente para mí) de dar palabra a algunos sentimientos que están aflorando entre gente que me es muy querida… y respetada.
Me he desayunado con la noticia de que el Centro Formativo de Otxarkoaga (para mí, siempre Escuela Profesional de Otxarkoaga = EPO) está siendo investigado por un presunto fraude en la contratación de los cursos para parados de Lanbide.
Claro que, cuando alguien se ha hecho viejo, sabe perfectamente quiénes son los investigados, que la EPO no es más que una forma de nominar a nadie en concreto, pero que tiene quien controla sus mecanismos porque es de su propiedad. Suena un poco mal decirlo así, pero así es.
O sea, los investigados son unos señores concretos, con nombre y apellido, que actúan desde dentro (y desde fuera)  en nombre de la entidad propietaria.
Creo conocer suficientemente a los que allí siguen como para afirmar que ninguno de ellos se ha hecho rico aún. Y creo tener los suficientes conocimientos acumulados sobre la “naturaleza humana” (ya sabéis que no existe, que el hombre es historia) como para no tener ninguna duda de que Robin Hood, cuando robaba, no lo hacía exclusivamente pensando en los “pobres”. Por algo “el príncipe de los ladrones” volvió a ser Sir, mientras los “pobres” siguieron siendo pobres, después de acabar con los déspotas.
Y, por cierto, la ley del sheriff de Nottingham y del príncipe Juan sin Tierra era ley, pero tampoco era justa. No,  si se entiende la justicia de forma distinta al aparato que utiliza la ley para convertirse en tela de araña.
A la hora del almuerzo (sigamos en ambiente inglés) me han llegado un par de wasshaps  (si hay faltas de ortografía no os paréies en ellas y seguid con lo importante) de gente que sigue dando el callo allí adentro.
Cito textualmente: “Después de un montón de años ahí, éstos se están cargando todo lo hecho mejor o peor. Y ni pestañean.”
Éstos, me temo, no juegan su partida, sino la de otros. Éstos, me temo, no son los iniciadores, sino los continuadores de algo que viene de más lejos.
“Q pasada!
Q vergüenza!”
Así escrito. En la forma de escritura de los mensajes por móvil.
Es una pasada. La vergüenza… la vergüenza espero que la estén sintiendo “éstos”. Aunque no me fío ni un pelo de que así sea. Habrá balones fuera, habrá “no se ha entendido bien”, habrá “igual cometimos algún error”, habrá “no podemos llegar a todos los detalles administrativos y se le habrá colado a…”, habrá… Los “habrá” son tan incontrolables, la mente de los humanos tiene tal capacidad de engaño y de autoengaño, el lenguaje admite tanta cantidad de juegos, que lo que no habrá será culpables, ni giros en la dirección hacia la que se camina, ni claridad, ni…, cuando menos, alternancia en los responsables de que la EPO vuelva a ser uno de los lugares más indicados para que aquellos, que han sido maltratados permanentemente, desde niños, por el sistema educativo puedan resarcirse, demostrar lo que valen, educarse mientras educan a sus educadores, y salgan al mundo del trabajo con la suficiente preparación como para no estar condenados a ser siempre, eternamente, la carne de cañón que nuestra industria o nuestro comercio necesitan para que, quienes tienen el capital, sigan forrándose impunemente.
(Me estoy dando cuenta de que esto de los puntos suspensivos es una gozada; permite no tener que terminar nada y dejároslo a vosotros. Como en “Patria”).

Así que termino en puntos suspensivos, es decir, en la invitación abierta a que no calléis…

miércoles, 4 de octubre de 2017

Desde la rabia

Tristeza y preocupación son las dos palabras más dichas, leídas, escritas o escuchadas desde hace unos días. Expresan sentimientos que abundan en este momento y que comparto. Como cualquier hombre o mujer de bien.
Así que no “abriré” mi blog para repetirlas. Permitidme que escriba desde la rabia. Que también es abundante en estos días.
Hubiera escrito de otra manera, hubiera abundado más en la tristeza y la preocupación, si hubiera visto que el que llevaba la porra era Rajoy y el que recibía el golpe Puigdemont. O viceversa que tanto monta, monta tanto. Pero no. Los dos habían mandado sus tropas y ninguno estaba en primera línea de fuego. Como siempre, vamos.
Si el uno supiera lo que significa pegar al de enfrente, desarmado o armado exclusivamente con la palabra, si sintiera como sus nervios se encauzan a través de una porra de goma; si el otro supiera, durante un montón de días, lo que duele un porrazo, lo que siente cuando es humillado en sus propias carnes porque sólo tiene la palabra, entonces otro gallo nos cantara.
Igual hasta se sentaban a tomar un café antes del combate.
Creedme que no es una anécdota falsa el que un “señor” el sábado pasado me dijera, todo entero, que él no iba a Cataluña porque ya había mandado sus tropas. Y sonreía, y se creía gracioso, y pensaba que había hecho la frase de la semana o del mes.
Pero, para anécdota lo que sigue. No puedo citar textualmente, pero aseguro que lo que voy a contar no se aleja ni un ápice del sentido de lo ocurrido: el domingo vi televisión durante muchas horas, tratando de seguir lo que ocurría en Cataluña. En un momento dado, en La Sexta, un invitado, que en los subtítulos apareció como escritor y filósofo, dijo, más entero aún que el “señor” del párrafo anterior,  que lo que había que hacer a continuación era declarar unilateralmente la independencia… y mandar a los mossos a defender la nación.
- ¿Cómo? ¿Quiere decir con armas, fusiles, ametralladoras…? – preguntó el presentador
- Claro – respondió el invitado. En todo caso, nosotros no seríamos los primeros en disparar.
Escritor puede ser cualquiera. Es tan fácil. Basta con un papel y un lapicero. Aunque quizá debería haber puesto debajo “escribiente”. Pero, filósofo,… amigo de la sabiduría,… Aquel individuo tenía muy poco de asemejarse a un amante de la sabiduría. Como mucho a un amante abandonado y despechado…
Y, con toda la rabia apoderándose de mí, le deseé únicamente que, si llegaba el caso, estuviera en primera línea de combate, que entre él y su enemigo no mediaran más que las armas que ambos portarían y… que no fuera él el primero en disparar.
Luego recordé que: “La guerra que vendrá no es la primera. Hubo otras guerras. Al final de la última hubo vencedores y vencidos. Entre los vencidos, el pueblo llano pasaba hambre. Entre los vencedores, el pueblo llano la pasaba también”. Bertolt Brecht sí fue un escritor. Posiblemente, incluso fue filósofo.

Cuando buscaba su poema para citarlo, esta vez sí, de manera textual, encontré esta cita de Paul Valery (que también lo fue): “La guerra es una masacre entre gente que no se conocen (¿el guardia civil y la anciana catalana?) para provecho de gente que sí se conoce (¿presidente de España y president de Catalunya? o, quizás, por poner un ejemplo, ¿presidente de BBVA y presidente de Caixa?) pero no se masacra.” (Los paréntesis son míos, por supuesto y los personajes no tendrían nombre por ahora, aunque se pueden buscar).

martes, 26 de septiembre de 2017

Mejor la ausencia

Había que leerla, ¿no?. Pues ya está. Leída. A ver si consigo que, desde una perspectiva literaria, no me sigan alcanzando los coletazos de esta “memoria histórica” que hay que reparar, completar, aclarar,…

“Mejor la ausencia” de Edurne Portela, tampoco me ha gustado. Es cierto que se lee como un tiro. La complejidad del relato ( a pesar de que la autora quiera envolverlo en un misterioso suspense… que no consigue) es tan escasa que no necesita demasiada atención.
Sus personajes me han parecido excesivamente estereotipados, difíciles de creer unos, otros excesivamente lineales. Y la extrema inestabilidad de la protagonista, ese carácter de anti-heroína que parece revestirla, no llega a encandilar ni a hacer que empaticemos con ella. Aunque es posible que éste sea el mejor logro de la historia.
Luego está ese afán de abarcar todas las miserias y las desgracias en un único núcleo familiar (¿cuatro hijos en el Santurce de los años 80?), porque parece que tiene obligación de universalizar en un grupo singular toda la historia. Una historia que no llego a reconocer como mía… salvo en su geografía.

Es de agradecer que esta vez la novela se quede en las 150 páginas.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Contrapunto al domingo que viene

En la vida llega un  momento en el que uno deja de aprender. Porque las neuronas ya no le dan o porque no tiene ningún interés en seguir haciéndolo. Quizás, mantiene algunos campos del conocimiento, que para él fueron muy importantes, en alerta; quizás, surgen campos nuevos, diferentes, en los que aún le “pica la curiosidad”. Pero, en general, ya no es prioritario seguir aprendiendo.
Oigo desde aquí (ya llevan rato  pidiendo la palabra o, faltas de educación democrática, alzándose por encima de las demás) las voces de todos esos “de la tercera edad”, defensores a ultranza de que “nunca se deja de aprender”; “la vida no se acaba hasta el último segundo”; “siempre es tiempo para crecer y mejorar”; etc., etc. Son ganas de martirizarse, de no aceptar lo evidente, de no tener una actitud tranquila, no competitiva (ni siquiera contigo mismo), de no gozar (que ya va siendo hora) de lo que uno es y tiene sin pensar en lo que aún no es ni tiene.
Mi vejez no significa cese de la curiosidad, dejadez de cualquier esfuerzo intelectual o manual, abandono de cualquier novedad, negativa ante toda empresa distinta. Ni mucho menos. Pero el aprendizaje ya no es compulsivo, inmediato, maltratador de la ignorancia ajena. Ya no establece líneas claras de separación entre lo que tú sabes y lo que el otro ignora, entre lo que te interesa saber y lo que no “sirve” para nada.
Lo curioso es que estas reflexiones de mañana del domingo, cuando el domingo se distingue del lunes sólo porque en el pueblo hay algo más de gente (los del finde) o porque hoy viene a visitarte el hijo (que significa, siempre, más fiesta… y menos tiempo para el aprendizaje, a no ser que sea “importante” seguir al día de los contrastes generacionales), estas reflexiones, decía, nacen de algo tan simple como el afeitado de uno de mis vecinos.
Ved: tengo un vecino de 88 años, que (salvo cuando el tiempo climatológico lo confina en un trabajo de recogida que no permite perder el tiempo en otras cosas) los domingos se afeita temprano y sale al portal con “el traje del día de fiesta”, se sienta y espera a que otro vecino, más joven y con coche, lo acerque a la “ciudad” a echar la partida. Esta es una de las señales “pueblerinas” de que hoy es domingo.
Pues bien, esta mañana, después de charlar un rato con él, y como resumen de unas cuantas charlas vespertinas del verano, concluía yo en el reconocimiento de la sabiduría de una vida no dedicada al aprendizaje, pero que no ha prescindido de él.
Trabaja (sigue trabajando) la tierra, aunque, desde que yo lo conozco, “este es último año”, porque “¿qué necesidad tengo yo ya de seguir matándome?” y, “porque ya estas piernas no me dan para más”. Saca de ella una pequeña producción de (entre otras cosas) patatas, cebollas, alubias, y nueces (éstas de los árboles), que luego “vende” para sacar un dinerito. Produce también otras verduras para su consumo particular.
Pero, hoy, domingo, se prepara para su partidita y (aunque no me lo ha dicho) por si vienen compradores a su casa (al portal). Porque los domingos es frecuente ver cómo un coche se detiene junto a su puerta y el conductor sale cargado de bolsas, sacos o cajas.
Él no acude al mercado. Los compradores acuden a él. Y, para concluir, que a esto venía todo lo anterior, siempre (por lo que él me cuenta) se produce el mismo diálogo, más o menos así:
- ¿Me puedes poner dos sacos de patatas?
- No –dice él. Te tendrás que conformar con uno. Porque no tengo tantas. Porque me ha pedido fulanito y menganito y tengo muchos compromisos.
Cambiad el producto, las cantidades, las formas del diálogo, pero quedaos con el fondo: si te doy todo lo que me pides, no tengo para otro comprador, o sea que pierdo un “cliente” para futuros años; si no te doy nada, te pierdo a ti. Si te doy todo lo que me pides, cuando hagas propaganda boca a boca (que es la única que hago) vas a decir que se puede venir en cualquier momento, que siempre hay y voy a vender menos y voy a tener que estar más tiempo con la mercancía dando vueltas en el “almacén”; si te doy menos, vas a decirles a tus amigos que se den prisa, que no hay para todos… y que no regateen con el precio, que está suficientemente ajustado al mercado.
Nuestro viejo (escrito con todo el cariño del mundo), ¿habrá estudiado alguna vez marketing?
Y yo, ¿habré aumentado mi conocimiento, habré aprendido algo (sin importancia) de una mañana de domingo, que sólo existe porque es el colofón de toda una semana, de un día de otoño en el que se precipita todo lo esperado durante un verano?

Y, si no lo he hecho, ¿qué más da?.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Grita: Quiero ser independiente

Este blog choca a veces con mi pereza y ralentiza su marcha. Otras choca con algo más duro, con una sensación de que o escribo sobre determinado asunto o no sigo hacia adelante. Y ese determinado asunto no resulta muy apetecible, no se presta a  juguetear, es (o está siendo tomado como) demasiado serio, no apto para bromas. Y, cuando choca con esa sensación, el blog se detiene. Hasta que explota, porque el runrún interno no para y no me deja en paz.
Y ahí estamos.
Uno desea, anhela la independencia cuando se sabe dependiente. Sólo entonces, en ninguna otra situación. Pues me vais a permitir inventarme un tipo de ciudadano, uno que sea más o menos próximo a nosotros y a nuestros vecinos. No “el ciudadano medio”, que para eso harían falta sesudos estudios.
Erase una vez una mujer o un varón de mediana edad, casado, con un par de hijos adolescentes (o sea, entre 12 y 30 años) que viven en casa de sus padres, con trabajo más o menos estable (ambos progenitores) y con ingresos familiares en torno a los 3.000 euros mensuales. Estudios medios o superiores. Y patatín y patatán. Creo que este esbozo es suficiente para lo que sigue.
Cada vez que ella y él hablan de su casa, les recorre un pequeño escalofrío que les recuerda que la casa aún es más del banco que suya. Tanto que, en esa pasada crisis, han visto como algunos conocidos han sentido las garras del dueño empujándolos hacia la p… calle. Dependen del banco
Tienen, dicen, un trabajo. Pero alguno, malintencionado él, les susurra que más bien son tenidos por el trabajo, que alguien, sin saber nunca quién (en el teatro sería La Corporación) puede deshacerse de ellos. Saben que ellos no marcan ni el objeto del trabajo, ni el ritmo, ni el tiempo, ni la finalidad, ni… Dependen del trabajo
Cuando viajan, de trabajo o de asueto, lo hacen en un coche que han comprado –quizás aún no han terminado de pagarlo- a una multinacional, que decide cómo, cuándo, por cuánto,… lo venden. Llenan el depósito de gasolina, usan en casa y fuera de ella la electricidad, el gas, que les han proporcionado sendas multinacionales que no dan cuenta ni permiten la participación más allá de sus consejos de administración. Y utilizan un mobiliario y unos electrodomésticos que... Están informados por una prensa “libre”… Sus hijos reciben una educación de la que no son responsables, porque no tienen ninguna palabra ni sobre los objetivos, ni sobre las metodologías, los ritmos,… Dependen, dependen, dependen.
Es cierto que casi siempre, les cabría la posibilidad de elegir de qué Corporación depender: si de este banco o de aquella caja, si de esta casa de automóviles o de aquella otra, si de esta compañía eléctrica o de aquella otra, si leer este periódico o ver aquella cadena de televisión, … Es cierto que, casi nunca, les cabe la posibilidad de elegir entre ser dependientes o no serlo.
Quiero ser independiente. Y me gustaría que tú también lo fueran. Y que lo fuesen todos los catalanes y todas las catalanas (permitidme una vez la licencia lingüística de repetirme, usando el masculino y el femenino).
Ah!! Y me gustaría mucho que los catalanes dijeran lo que quieran decir… Y los asturianos… y los extremeños, e, incluso, los de Cuenca (por poner un ejemplo).

Menuda es esa democracia que no existe si no se respetan las normas, pero que es compatible con la prohibición de la palabra.

martes, 5 de septiembre de 2017

Diferencias de opinión

He dicho siempre (bueno, dejémoslo en muchas veces, que yo también he sido joven) que en literatura hay muchos juicios diversos, que cada uno tiene su criterio, que lo que a mí me parece bueno a otro no, que no creo que la verdad sea monopolio de nadie.
Cada vez me resulta más difícil recomendar una novela o rechazarla. Es cierto (también lo he dicho muchas veces) que determinadas novelas están  “objetivamente” mal escritas, porque se saltan aspectos importantes del relato, porque no explican o se sacan de la manga determinadas razones, porque confunden los lugares o niegan lo que han afirmado unas líneas antes, porque cometen errores lingüísticos o porque la cronología no es correcta.
Pero, todo eso al margen, ¿recomendar una novela?  A veces, una especie de “fanatismo” me pierde y leo cosas que me parecen tan buenas que no me resisto a recomendarlas. Otras veces sólo recomiendo determinadas lecturas a determinados lectores, cuyos gustos más o menos conozco y comparto. Y algunas otras veces “me cargo” alguna novela como una especie de venganza por la fama o los premios adquiridos (a mi modo de ver injustamente)
Así que no tienen nada de extrañar situaciones como ésta:
En mi blog, el pasado 26 de agosto, escribía yo: “Eso hace que haya terminado con la sensación de que me han colado una mala novela”.
Pocos días después, Paco Camarasa, en “casta@negraycriminal, escribía:Leemos que la novela No soy un monstruo, de Carme Chaparro, editada por Espasa, será llevada a la televisión por Mediaset. Como una de mis muchas manías es no ver lo que previamente he leído, porque, normalmente el lenguaje visual es otra cosa, y no está a la altura, les recomiendo vivamente que la lean antes”
Son palabras de Paco Camarasa, un hombre mucho más leído que yo, más entendido, más metido en este mundo y, sin duda, mejor crítico (aunque también tenga derecho a equivocarse)
Y es bueno dejar constancia de estas cosas. Por el bien de la literatura y de uno mismo

(Siempre, -sí, siempre- me costará creer que Marca tiene algo que ver con la literatura) 

domingo, 3 de septiembre de 2017

Fin de domingo otoñal


Aún no son más que la nueve de la noche, pero la foto explica perfectamente cuál es la atmósfera que se respira ahora en el “pueblo”.
Si alguien quisiera escuchar los ruidos que lo acompañan apenas acertaría a oír los sonidos del viento en las hojas de los árboles o el caer de unas gotas de agua, que contribuyen a crear una estampa más otoñal que veraniega.
 Y es que el otoño está ya aquí, por mucho que el calendario no se lo permita: las plantas y sus frutos, los pájaros, los árboles y la maleza, el “fresco” que llena el ambiente y que anuncia próximos fuegos en la chimenea, la “operación retorno” al trabajo,… los niños que ya se han recogido o que han vuelto a la ciudad.
Todavía hace un par de horas un viejo limpiaba las alubias recolectadas esta misma semana; gente joven charlaba en animados corros de sus hijos, de sus trabajos, de sus equipos deportivos; los niños recogían moras para los pasteles de sus madres, y algunos se preparaban para una última tarde de fiestas en el pueblo de al lado.
Ya no queda nada de eso. Sólo silencio, paz, tranquilidad, quietud,…
Ya comprendo que disfrutar estos momentos, escribir sobre ellos, sólo es posible si no hay que preparar el equipaje necesario para una semana de trabajo, si a uno no le espera una semana con muy poco silencio, paz, tranquilidad, quietud,…

Ya os llegará. Pero, no lo perdáis de vista. Está más cerca de lo que suponéis.

sábado, 26 de agosto de 2017

No soy un monstruo

Entre vainas, calabacines, que este año se prodigan sin que parezcan tener final, alguna cebolleta, pimientos, tomates, que esta vez están muy sabrosos y espléndidos; en medio de una geografía que parece hecha de polvo acumulado, bajo un buen sol y ninguna lluvia, aunque aquí sí que refresca y las mañanas resultan muy agradables; en varias “siestas” generosas me he leído “No soy un monstruo” de Carme Chaparro.
No ha resultado empresa difícil. El asunto de la búsqueda policial de unos niños desaparecidos, raptados – a lo que parece – por un asesino en serie, y el haber elegido una novela que construye su relato usando varios escenarios simultáneos y vistos desde varios personajes (incluso utilizando distintos narradores) le permiten crear suspenses que se alargan en el tiempo que dura la narración, aunque el momento de la historia sea el mismo.
Ese suspense bien prolongado hace que, por momentos, resulte difícil abandonar la lectura. En ese sentido, “No soy un monstruo” es novela de leer de uno o pocos tirones y se sigue sin rechistar.
Dicho lo cual, debo añadir que tiene dos graves defectos: es todo excesivo, exagerado, no hay posturas, sentimientos, verdades… medias. Si se sufre se sufre hasta morir y si no se duerme se está en vela durante días.
El segundo defecto me parece más serio: la solución final, la prueba que provoca el desenlace, se la saca de la manga. No la explica, a no ser que yo me haya perdido algo (que todo es posible en tardes de verano, y a la hora de la siesta).
Eso hace que haya terminado con la sensación de que me han colado una mala novela.


martes, 15 de agosto de 2017

Jubilarse escribiendo

Ya son varias las veces que he hecho en este blog, siempre de pasada, comentarios sobre la “jubilación” de los escritores.
Cuando se han seguido, con bastante fidelidad a lo largo del tiempo (mucho tiempo ya), las novelas de algunos de ellos (Camilleri, Leon, Markaris, Allende,…) cuesta no ilusionarse con la publicación de una nueva novela suya.
El caso es que se está convirtiendo en asunto común que esa “última novela publicada” no tenga mucho que ver con su producción anterior.  Es como si en ella “echaran el resto”… y ya no les quedaba mucho. Salvo, eso sí, oficio, humanidad, capacidad crítica. Insuficiente para construir una historia de las que merecen la pena.
Y da mucha rabia. Por dos razones: por la desilusión que se va instalando poco a poco, progresivamente, en el lector, junto a la consideración de que se ha perdido el tiempo en esa última lectura; y por la empatía que se siente con los autores, que va disminuyendo porque uno no acaba de entender las verdaderas razones para seguir publicando: no puede ser su situación económica (al menos eso creo), no puede ser esa historia que uno lleva dentro y no acaba nunca de parir (porque no hay historia), no puede ser la necesidad de reconocimiento, el que no se olviden de mí, el “aquí sigo estando” (porque son inteligentes). Entonces, ¿qué?
Los viejos creemos que tenemos mucho que decir. Siempre. Y no debe ser del todo verdad. Al menos expresado de esa manera. Es posible que tengamos poco, pero interesante. Y que ese poco, pero interesante podamos repetirlo muchas veces. Y ahí nuestra obligación es la de repetirnos. Nuestra ventaja que no nos apremia el tiempo (porque no tenemos que inventar nada, aunque el tiempo que quede sea breve). Y nuestra autocomplacencia que sabemos hacerlo (más sabe el diablo por viejo…).
Pero, en este caso, hay lectores. Gente que espera una historia que le remueva, que le emocione, que le deje con la sensación de haber “aprovechado” el tiempo, también escaso, que le queda.

Hay que saber jubilarse. Sin duda. Quizás sea el tiempo de volverse a los relatos breves. Quizás.

viernes, 11 de agosto de 2017

Más allá del invierno

Creo que todos los que hayamos leído alguna vez a Isabel Allende estaremos de acuerdo en que escribe “bonito”. Que se la lee muy a gusto.
Además, supongo que coincidiremos en su maestría creando personajes. Sobre todo, esos personajes femeninos hechos de dolor, humillaciones, vejaciones y sufrimiento. Y de constancia, fuerza, aguante, tenacidad e, incluso ternura.
Esas mujeres que trasmiten la vida, la cultura, los valores, la etnia,…
Pero, aparte de eso, poco más he encontrado en “Más allá del invierno”.

¿Deberían los escritores jubilarse obligatoriamente?

sábado, 5 de agosto de 2017

Tercer día de playa

Tercer día de playa en Castro. La playa debe seguir ahí, aunque no he ido a verlo. La foto que acompaña esta entrada no hace justicia a la realidad, sobre todo porque no está mojada. Y la realidad es como un charco y una cortina de agua. Sirimiri, ¿no?

Decía ayer Jonan que en Benidorm estaban “secos” y que se iban al cine. Por la cosa de que con el pago de la entrada parece que se aseguraban un par de horas de aire acondicionado.
Las razones para ir al cine siempre han sido de lo más variadas. Si no que se lo digan a todos los que tuvieron que buscar las “fila de los mancos”. O aquellas sesiones dobles (que recuerdo sin mucho esfuerzo) en los cines de Madrid en tardes dominicales de un frío que pelaba o de una lluvia interminable (que también allí llovía. Mi penúltimo paraguas, que aún hoy uso, lo compré en Madrid en mi último viaje hace ya… eso sí que no lo recuerdo).
O sea, casi cuatro horas de calor y a cubierto. Una película de amor y otra del Oeste. La tarde pasada.
Es como ahora con la tele y las razones que nos llevan a verla. Son tantas las veces que está encendida sin  que nadie la mire siquiera… Pero, alguien tocó en un momento dado un mando a distancia y a nadie se le ocurrió volver a hacerlo antes de la hora de ir a la cama.
¿Qué fue de aquellas tardes en la sala de casa de Sestao, cuando mi madre me veía sentado y me decía: “hijo, enciende la tele”. “¿Para qué?”, preguntaba yo. “¿Tú  vas a verla?” “No, yo no. Pero tú querrás verla”. Y la encendía. Y, como entonces no había mando a distancia, allí se quedaba, encendida… hasta la hora de ir a la cama.
Retomando el asunto: que si alguien quiere “mojarse”, dejar de “estar seco”, no tiene más que darse una vuelta por aquí, por “el Norte”, que dicen.
Esta vez he podido disfrutar de un par de días SEGUIDOS de playa, de sol, de calor, del agua del mar. ¿Habrá sido un pequeño lujo? Tumbarse a sentir los rayos de sol tonificando los viejos huesos, en silencio pero escuchando “maravillosas” conversaciones alrededor (y ahora con los móviles, escuchando también monólogos), con los ojos cerrados, pero sin dejar de ver cómo se mueven los labios de esa señora mayor que lee a unos metros, en la tranquilidad que espía a esos niños que desembarcan sus aparejos demasiado cerca, solo, opero en medio de una gran multitud, tumbarse… es (o ha sido) un pequeño lujo.

¿Podré repetirlo en breve? O, este tiempo, este Norte, este sirimiri,…

viernes, 4 de agosto de 2017

Una comedia canalla

La segunda novela de Iván Repila (“El niño que robó el caballo de Atila”) me impactó. Tanto que me prometí a mí mismo leer en cuanto pudiera su primera novela, novela de la que ya alguien me había hablado elogiándola. Me impactó, dejándome la pregunta sobre si el autor nos tomaba el pelo o no.
Pues bien. He terminado (a rastras) “Una comedia canalla” y digo que me la podía haber evitado, que no me hubiera perdido nada. Eso sí me hubiera quedado siempre con las ganas de leerla. Y me pasará lo mismo con la tercera, pero no tiene por qué pasaros a vosotros.
Hay quien la recomienda, pero a mí me ha parecido una enorme gamberrada (inteligente), en la que no me cabe duda de que el “gamberro” lo pasó muy bien (escribiéndola), pero los demás sólo encontraremos algunos pequeños detalles para reír. Quizás ni eso: sonreír.

Para lo que queda de mes volveré a mis lecturas de verano: esas de las que esperas muy poco y que te hacen pasar el tiempo con dignidad, agradablemente, sin más pretensiones que la de estar bien escritas.

viernes, 28 de julio de 2017

Finales de Julio

Julio da sus últimos estertores.
Entre tanto asunto importante (Siria, declaración de Rajoy, vuelta a los ahogamientos de emigrantes, cifras del paro, corrupción, corrupción, corrupción,…) algunos asuntos más “domésticos” interesan hoy a mi blog.
No puedo dejar pasar de largo que hace un par de días se casó Jon Ander, mi hijo mayor, en una celebración sencilla, cercana, breve, sin pompas, pero con tanto o más de amor que en cualquier otra. Y eso es lo importante. Y no seré yo quien suba fotos a la red.
Pero, esta semana ha habido tres asuntos más que quiero comentar:
El primero, el más rápido de tratar porque nos falta perspectiva histórica, es esa comunicación de Madina de que abandona la política, como actividad institucional. Inmediatamente me ha provocado esta pregunta que ahí queda: ¿habrá puertas giratorias?.
Otro asunto, casi tan rápido es una situación absurda que ha ocurrido esta mañana. Estamos en Castro, donde ayer me di el primer baño de mar de la temporada. Paseábamos por el paseo marítimo con dos perras. Y unos carteles muy simpáticos prohibían que las perras entraran a la playa.
La razón, que todos compartiríamos quizás con matices, es la molestia que su presencia causa a los que usan la playa. Lógico. Lo que hacía que la situación fuera absurda es que, dada la climatología, sólo había una persona en la playa (una playa hermosa – que lo podéis ver en la foto) y otras dos se bañaban en el mar. ¿Será verdad lo de la molestia? ¿Cuándo seremos capaces de hacer leyes “flexibles”, de esas que pueden ser útiles para todos los ciudadanos?
Y, por último, no quiero obviar ese video tan difundido en las redes de una educadora  social agredida por una “usuaria del centro de menores en el que trabaja”. LAMENTABLE, claro. A ERRADICAR, por supuesto.
Me permito remarcar una de sus afirmaciones sobre los chavales: “son dioses sin educación y saben los derechos pero no se atienen a ningún deber”.
Me siento obligado a proponer a los educadores que maticen, en un análisis mucho más profundo y correcto, eso de echar la culpa a los padres. Seguro que parte de la culpa la tienen ellos, pero sólo ellos… , fundamentalmente ellos...
Aunque en otro párrafo de su declaración extiende la culpa a los adultos, al sistema, … necesitamos un análisis mucho más apto para trabajar.
Y donde ya mis conocimientos-sensibilidades chirrían es en esa costumbre (¿) de eximir de culpa a los agresores. Esos “usuarios” no son unos “críos” exentos de responsabilidades, sin capacidad para discernir, sin criterios para juzgar, sin otras posibilidades que convertirse en agresores.
No. Ellos son también responsables y deben cargar con su responsabilidad. Hay que tratarles precisamente como sus padres, los adultos, el sistema, no lo han hecho, como si no tuvieran ninguna libertad para optar en sus conductas.

A ver si agosto viene con un poco más de sol (en nuestras latitudes).

sábado, 22 de julio de 2017

Lawrence Block


Acabo de leer dos novelas de Lawrence Block. Las dos primeras aventuras de su “no-detective” Matt Scudder:  Los pecados de nuestros padres y Tiempo para amar, tiempo para matar.
Ya en la primera de ellas, había quedado claro que Scudder, ex-poli, no era un detective. En la segunda de ellas, lo dice con toda claridad:
“- Así que, ¿qué haces?. ¿Eres una especie de detective privado, eh?
- No tengo licencia. A veces hago favores a gente y me lo pagan”
Son novelas de corte clásico, de esas de detective (o no-detective) resuelve crimen. Y por el camino, junto a la intriga, un hombre descreído, bebedor, extraño, con unas fidelidades especiales, sin familia (aunque un día la tuvo), sin arraigo en casi nada,… un hombre realmente interesante.
Un hombre hurgando en una realidad que no le gusta y que muchas veces da por sentada que sólo se puede vivir en ella o siendo un chantajista o un chantajeado. Esta realidad:
“El nuevo alcalde estaba teniendo problemas para nombrar a su vicealcalde. La comisión de investigación había descubierto que los posibles candidatos eran gente involucrada en diferentes e interesantes tipos de corrupción. Había una solución evidente y el alcalde daría con ella tarde o temprano. Iba a tener que deshacerse de la comisión de investigación.”

Se leen con mucha facilidad, son un interesante “divertimento”, apto para el verano (y para el invierno), que siempre van un poco más allá del puro dejar pasar las cosas. Además están bien escritas y tienen algunas cargas de profundidad más que interesantes.

miércoles, 12 de julio de 2017

Por críticas de gentes

Hay un cuento (leer aquí) del Conde Lucanor (“Lo que sucedió a un hombre bueno con su hijo”), que siempre me ha gustado mucho, con una cierta frecuencia lo utilicé en mi labor educativa, y parece de rabiosa actualidad. Hoy y ayer, y…
Esa es la riqueza de los cuentos “inmortales” y a mí ya me gustaría contar como él.
Quizás, si os habéis ido al cuento y lo habéis gustado, la prosa que sigue (la mía) no tenga demasiado interés, pero si os ha despertado una cierta curiosidad, debo decir que el cuento viene a cuento (valga la redundancia) por algunas escenas repetidas recientemente,  que me lo han traído a la memoria:
Con la disculpa de preparar el invierno próximo sigo enganchado a la recolección, corte, y almacenamiento de leña. Realmente se trata más bien de un invento de última hora de quienes venimos (y somos) de ciudad y que ya no tenemos vacaciones (porque no tenemos trabajo). Invento que se llama: mantenerse activo.
En esas estaba yo, cortando leña con la motosierra, cuando uno de los más viejos del lugar acertó a pasar por allí y, después de mirarme desde su milenaria sabiduría, me dijo pontificalmente:
Eso mejor se hace con el hacha.
En lo que tardé en entrar en la cabaña y salir armado con un hacha, se aproximó un vecino, menos sabio por menos viejo, que me dijo:
- ¿A dónde vas con esa herramienta? ¿Para qué han hecho las motosierras? El trabajo es mucho más fácil y más rápido.
Ya hace no más de tres días, el segundo de ellos se acercó a la huerta y al ver el estado de las vainas, nos dijo (no menos pontificalmente):
- ¿No veis cómo están estas pobres? Se las comen los pulgones. Hay que fumigar.
Preparado el “mejunje” con el que hacerlo, camino de vuelta a la huerta, pasamos por delante de la casa del primero:
- ¿Dónde vais? (con retintín, aires despectivos y acento prolongado de indignación calculada) Yo nunca he fumigado mis vainas. Si una macolla tiene pulgón, arranco esa, sólo esa, y la tiro lejos.
Charlaba yo ayer por la tarde con ambos a la sombra del portal de su casa, cuando empezó a tronar y comenzaron a venir las primeras nubes amenazando lluvia:
- Va a llover. Y bien – dijo el primero.
- Pues iré a la huerta a apagar el riego automático – dije yo.
- Se ha levantado el Norte y aquí, con el Norte, no llueve nunca – dijo el segundo

Bendito sea el Conde Lucanor!!!


Ah!, por cierto. Cayó una buena tromba de agua, no dejo entrar en mi huerta a nadie que sepa algo de cosechas (todos vosotros estáis invitados, por ignorantes) y he pospuesto el asunto de la leña para el otoño ( a ver si entonces están en sus casas).


Por críticas de gentes, mientras que no hagáis mal,
buscad vuestro provecho y no os dejéis llevar.

domingo, 9 de julio de 2017

El cuento de la criada

Acabo de terminar de leer “El cuento de la criada” de Margaret Atwood, y siento la extraña sensación de tener que desembarazarme de ella. Sin perder tiempo.
Escrita en 1985 y publicada en español este mismo año, “El cuento de la criada” es una novela extraña. Es una distopía, que los críticos colocan a la altura de las de Orwell y Huxley, en la que el poder omnímodo y totalitario se traduce en un mundo homófobo, establecido contra las mujeres, tras una radiación tóxica.
He seguido el relato con atención y sorpresa, pero sin “devoción” ni sumisión. Un relato a veces sugerente, a veces inquietante, las más de las veces revelador de dónde podríamos llegar sin forzar la lógica de algunos comentarios y actitudes frecuentes aún entre nosotros hoy.

Sus críticas son muy buenas. Quizás deberíais leer aquí , pero a mí, debo decirlo, no me ha cautivado.