martes, 15 de agosto de 2017

Jubilarse escribiendo

Ya son varias las veces que he hecho en este blog, siempre de pasada, comentarios sobre la “jubilación” de los escritores.
Cuando se han seguido, con bastante fidelidad a lo largo del tiempo (mucho tiempo ya), las novelas de algunos de ellos (Camilleri, Leon, Markaris, Allende,…) cuesta no ilusionarse con la publicación de una nueva novela suya.
El caso es que se está convirtiendo en asunto común que esa “última novela publicada” no tenga mucho que ver con su producción anterior.  Es como si en ella “echaran el resto”… y ya no les quedaba mucho. Salvo, eso sí, oficio, humanidad, capacidad crítica. Insuficiente para construir una historia de las que merecen la pena.
Y da mucha rabia. Por dos razones: por la desilusión que se va instalando poco a poco, progresivamente, en el lector, junto a la consideración de que se ha perdido el tiempo en esa última lectura; y por la empatía que se siente con los autores, que va disminuyendo porque uno no acaba de entender las verdaderas razones para seguir publicando: no puede ser su situación económica (al menos eso creo), no puede ser esa historia que uno lleva dentro y no acaba nunca de parir (porque no hay historia), no puede ser la necesidad de reconocimiento, el que no se olviden de mí, el “aquí sigo estando” (porque son inteligentes). Entonces, ¿qué?
Los viejos creemos que tenemos mucho que decir. Siempre. Y no debe ser del todo verdad. Al menos expresado de esa manera. Es posible que tengamos poco, pero interesante. Y que ese poco, pero interesante podamos repetirlo muchas veces. Y ahí nuestra obligación es la de repetirnos. Nuestra ventaja que no nos apremia el tiempo (porque no tenemos que inventar nada, aunque el tiempo que quede sea breve). Y nuestra autocomplacencia que sabemos hacerlo (más sabe el diablo por viejo…).
Pero, en este caso, hay lectores. Gente que espera una historia que le remueva, que le emocione, que le deje con la sensación de haber “aprovechado” el tiempo, también escaso, que le queda.

Hay que saber jubilarse. Sin duda. Quizás sea el tiempo de volverse a los relatos breves. Quizás.

viernes, 11 de agosto de 2017

Más allá del invierno

Creo que todos los que hayamos leído alguna vez a Isabel Allende estaremos de acuerdo en que escribe “bonito”. Que se la lee muy a gusto.
Además, supongo que coincidiremos en su maestría creando personajes. Sobre todo, esos personajes femeninos hechos de dolor, humillaciones, vejaciones y sufrimiento. Y de constancia, fuerza, aguante, tenacidad e, incluso ternura.
Esas mujeres que trasmiten la vida, la cultura, los valores, la etnia,…
Pero, aparte de eso, poco más he encontrado en “Más allá del invierno”.

¿Deberían los escritores jubilarse obligatoriamente?

sábado, 5 de agosto de 2017

Tercer día de playa

Tercer día de playa en Castro. La playa debe seguir ahí, aunque no he ido a verlo. La foto que acompaña esta entrada no hace justicia a la realidad, sobre todo porque no está mojada. Y la realidad es como un charco y una cortina de agua. Sirimiri, ¿no?

Decía ayer Jonan que en Benidorm estaban “secos” y que se iban al cine. Por la cosa de que con el pago de la entrada parece que se aseguraban un par de horas de aire acondicionado.
Las razones para ir al cine siempre han sido de lo más variadas. Si no que se lo digan a todos los que tuvieron que buscar las “fila de los mancos”. O aquellas sesiones dobles (que recuerdo sin mucho esfuerzo) en los cines de Madrid en tardes dominicales de un frío que pelaba o de una lluvia interminable (que también allí llovía. Mi penúltimo paraguas, que aún hoy uso, lo compré en Madrid en mi último viaje hace ya… eso sí que no lo recuerdo).
O sea, casi cuatro horas de calor y a cubierto. Una película de amor y otra del Oeste. La tarde pasada.
Es como ahora con la tele y las razones que nos llevan a verla. Son tantas las veces que está encendida sin  que nadie la mire siquiera… Pero, alguien tocó en un momento dado un mando a distancia y a nadie se le ocurrió volver a hacerlo antes de la hora de ir a la cama.
¿Qué fue de aquellas tardes en la sala de casa de Sestao, cuando mi madre me veía sentado y me decía: “hijo, enciende la tele”. “¿Para qué?”, preguntaba yo. “¿Tú  vas a verla?” “No, yo no. Pero tú querrás verla”. Y la encendía. Y, como entonces no había mando a distancia, allí se quedaba, encendida… hasta la hora de ir a la cama.
Retomando el asunto: que si alguien quiere “mojarse”, dejar de “estar seco”, no tiene más que darse una vuelta por aquí, por “el Norte”, que dicen.
Esta vez he podido disfrutar de un par de días SEGUIDOS de playa, de sol, de calor, del agua del mar. ¿Habrá sido un pequeño lujo? Tumbarse a sentir los rayos de sol tonificando los viejos huesos, en silencio pero escuchando “maravillosas” conversaciones alrededor (y ahora con los móviles, escuchando también monólogos), con los ojos cerrados, pero sin dejar de ver cómo se mueven los labios de esa señora mayor que lee a unos metros, en la tranquilidad que espía a esos niños que desembarcan sus aparejos demasiado cerca, solo, opero en medio de una gran multitud, tumbarse… es (o ha sido) un pequeño lujo.

¿Podré repetirlo en breve? O, este tiempo, este Norte, este sirimiri,…

viernes, 4 de agosto de 2017

Una comedia canalla

La segunda novela de Iván Repila (“El niño que robó el caballo de Atila”) me impactó. Tanto que me prometí a mí mismo leer en cuanto pudiera su primera novela, novela de la que ya alguien me había hablado elogiándola. Me impactó, dejándome la pregunta sobre si el autor nos tomaba el pelo o no.
Pues bien. He terminado (a rastras) “Una comedia canalla” y digo que me la podía haber evitado, que no me hubiera perdido nada. Eso sí me hubiera quedado siempre con las ganas de leerla. Y me pasará lo mismo con la tercera, pero no tiene por qué pasaros a vosotros.
Hay quien la recomienda, pero a mí me ha parecido una enorme gamberrada (inteligente), en la que no me cabe duda de que el “gamberro” lo pasó muy bien (escribiéndola), pero los demás sólo encontraremos algunos pequeños detalles para reír. Quizás ni eso: sonreír.

Para lo que queda de mes volveré a mis lecturas de verano: esas de las que esperas muy poco y que te hacen pasar el tiempo con dignidad, agradablemente, sin más pretensiones que la de estar bien escritas.

viernes, 28 de julio de 2017

Finales de Julio

Julio da sus últimos estertores.
Entre tanto asunto importante (Siria, declaración de Rajoy, vuelta a los ahogamientos de emigrantes, cifras del paro, corrupción, corrupción, corrupción,…) algunos asuntos más “domésticos” interesan hoy a mi blog.
No puedo dejar pasar de largo que hace un par de días se casó Jon Ander, mi hijo mayor, en una celebración sencilla, cercana, breve, sin pompas, pero con tanto o más de amor que en cualquier otra. Y eso es lo importante. Y no seré yo quien suba fotos a la red.
Pero, esta semana ha habido tres asuntos más que quiero comentar:
El primero, el más rápido de tratar porque nos falta perspectiva histórica, es esa comunicación de Madina de que abandona la política, como actividad institucional. Inmediatamente me ha provocado esta pregunta que ahí queda: ¿habrá puertas giratorias?.
Otro asunto, casi tan rápido es una situación absurda que ha ocurrido esta mañana. Estamos en Castro, donde ayer me di el primer baño de mar de la temporada. Paseábamos por el paseo marítimo con dos perras. Y unos carteles muy simpáticos prohibían que las perras entraran a la playa.
La razón, que todos compartiríamos quizás con matices, es la molestia que su presencia causa a los que usan la playa. Lógico. Lo que hacía que la situación fuera absurda es que, dada la climatología, sólo había una persona en la playa (una playa hermosa – que lo podéis ver en la foto) y otras dos se bañaban en el mar. ¿Será verdad lo de la molestia? ¿Cuándo seremos capaces de hacer leyes “flexibles”, de esas que pueden ser útiles para todos los ciudadanos?
Y, por último, no quiero obviar ese video tan difundido en las redes de una educadora  social agredida por una “usuaria del centro de menores en el que trabaja”. LAMENTABLE, claro. A ERRADICAR, por supuesto.
Me permito remarcar una de sus afirmaciones sobre los chavales: “son dioses sin educación y saben los derechos pero no se atienen a ningún deber”.
Me siento obligado a proponer a los educadores que maticen, en un análisis mucho más profundo y correcto, eso de echar la culpa a los padres. Seguro que parte de la culpa la tienen ellos, pero sólo ellos… , fundamentalmente ellos...
Aunque en otro párrafo de su declaración extiende la culpa a los adultos, al sistema, … necesitamos un análisis mucho más apto para trabajar.
Y donde ya mis conocimientos-sensibilidades chirrían es en esa costumbre (¿) de eximir de culpa a los agresores. Esos “usuarios” no son unos “críos” exentos de responsabilidades, sin capacidad para discernir, sin criterios para juzgar, sin otras posibilidades que convertirse en agresores.
No. Ellos son también responsables y deben cargar con su responsabilidad. Hay que tratarles precisamente como sus padres, los adultos, el sistema, no lo han hecho, como si no tuvieran ninguna libertad para optar en sus conductas.

A ver si agosto viene con un poco más de sol (en nuestras latitudes).

sábado, 22 de julio de 2017

Lawrence Block


Acabo de leer dos novelas de Lawrence Block. Las dos primeras aventuras de su “no-detective” Matt Scudder:  Los pecados de nuestros padres y Tiempo para amar, tiempo para matar.
Ya en la primera de ellas, había quedado claro que Scudder, ex-poli, no era un detective. En la segunda de ellas, lo dice con toda claridad:
“- Así que, ¿qué haces?. ¿Eres una especie de detective privado, eh?
- No tengo licencia. A veces hago favores a gente y me lo pagan”
Son novelas de corte clásico, de esas de detective (o no-detective) resuelve crimen. Y por el camino, junto a la intriga, un hombre descreído, bebedor, extraño, con unas fidelidades especiales, sin familia (aunque un día la tuvo), sin arraigo en casi nada,… un hombre realmente interesante.
Un hombre hurgando en una realidad que no le gusta y que muchas veces da por sentada que sólo se puede vivir en ella o siendo un chantajista o un chantajeado. Esta realidad:
“El nuevo alcalde estaba teniendo problemas para nombrar a su vicealcalde. La comisión de investigación había descubierto que los posibles candidatos eran gente involucrada en diferentes e interesantes tipos de corrupción. Había una solución evidente y el alcalde daría con ella tarde o temprano. Iba a tener que deshacerse de la comisión de investigación.”

Se leen con mucha facilidad, son un interesante “divertimento”, apto para el verano (y para el invierno), que siempre van un poco más allá del puro dejar pasar las cosas. Además están bien escritas y tienen algunas cargas de profundidad más que interesantes.

miércoles, 12 de julio de 2017

Por críticas de gentes

Hay un cuento (leer aquí) del Conde Lucanor (“Lo que sucedió a un hombre bueno con su hijo”), que siempre me ha gustado mucho, con una cierta frecuencia lo utilicé en mi labor educativa, y parece de rabiosa actualidad. Hoy y ayer, y…
Esa es la riqueza de los cuentos “inmortales” y a mí ya me gustaría contar como él.
Quizás, si os habéis ido al cuento y lo habéis gustado, la prosa que sigue (la mía) no tenga demasiado interés, pero si os ha despertado una cierta curiosidad, debo decir que el cuento viene a cuento (valga la redundancia) por algunas escenas repetidas recientemente,  que me lo han traído a la memoria:
Con la disculpa de preparar el invierno próximo sigo enganchado a la recolección, corte, y almacenamiento de leña. Realmente se trata más bien de un invento de última hora de quienes venimos (y somos) de ciudad y que ya no tenemos vacaciones (porque no tenemos trabajo). Invento que se llama: mantenerse activo.
En esas estaba yo, cortando leña con la motosierra, cuando uno de los más viejos del lugar acertó a pasar por allí y, después de mirarme desde su milenaria sabiduría, me dijo pontificalmente:
Eso mejor se hace con el hacha.
En lo que tardé en entrar en la cabaña y salir armado con un hacha, se aproximó un vecino, menos sabio por menos viejo, que me dijo:
- ¿A dónde vas con esa herramienta? ¿Para qué han hecho las motosierras? El trabajo es mucho más fácil y más rápido.
Ya hace no más de tres días, el segundo de ellos se acercó a la huerta y al ver el estado de las vainas, nos dijo (no menos pontificalmente):
- ¿No veis cómo están estas pobres? Se las comen los pulgones. Hay que fumigar.
Preparado el “mejunje” con el que hacerlo, camino de vuelta a la huerta, pasamos por delante de la casa del primero:
- ¿Dónde vais? (con retintín, aires despectivos y acento prolongado de indignación calculada) Yo nunca he fumigado mis vainas. Si una macolla tiene pulgón, arranco esa, sólo esa, y la tiro lejos.
Charlaba yo ayer por la tarde con ambos a la sombra del portal de su casa, cuando empezó a tronar y comenzaron a venir las primeras nubes amenazando lluvia:
- Va a llover. Y bien – dijo el primero.
- Pues iré a la huerta a apagar el riego automático – dije yo.
- Se ha levantado el Norte y aquí, con el Norte, no llueve nunca – dijo el segundo

Bendito sea el Conde Lucanor!!!


Ah!, por cierto. Cayó una buena tromba de agua, no dejo entrar en mi huerta a nadie que sepa algo de cosechas (todos vosotros estáis invitados, por ignorantes) y he pospuesto el asunto de la leña para el otoño ( a ver si entonces están en sus casas).


Por críticas de gentes, mientras que no hagáis mal,
buscad vuestro provecho y no os dejéis llevar.

domingo, 9 de julio de 2017

El cuento de la criada

Acabo de terminar de leer “El cuento de la criada” de Margaret Atwood, y siento la extraña sensación de tener que desembarazarme de ella. Sin perder tiempo.
Escrita en 1985 y publicada en español este mismo año, “El cuento de la criada” es una novela extraña. Es una distopía, que los críticos colocan a la altura de las de Orwell y Huxley, en la que el poder omnímodo y totalitario se traduce en un mundo homófobo, establecido contra las mujeres, tras una radiación tóxica.
He seguido el relato con atención y sorpresa, pero sin “devoción” ni sumisión. Un relato a veces sugerente, a veces inquietante, las más de las veces revelador de dónde podríamos llegar sin forzar la lógica de algunos comentarios y actitudes frecuentes aún entre nosotros hoy.

Sus críticas son muy buenas. Quizás deberíais leer aquí , pero a mí, debo decirlo, no me ha cautivado.

sábado, 17 de junio de 2017

Contra la ola de calor, abanico

Uno había llegado a suponer que no podría escuchar-leer mayores dislates (la ocasión merece semejante palabra) de la boca-pluma de los políticos. Salvando, claro está, la espera siempre atenta al próximo trabalenguas del señor Rajoy. Que de él siempre hay más que esperar.
Y hete aquí que hace un par de días, en medio de una (dicen) enorme ola de calor, “el consejero de Sanidad de Madrid recomienda hacer abanicos de papel contra el calor en las aulas”. ¡Qué maravilla! y ¡qué ocasión perdida!
Si además de ser consejero de Sanidad lo hubiera sido de Educación (o hubieran trabajado los dos en equipo) ésta era la ocasión de proponer una unidad didáctica que implicara activamente a todos los departamentos de las escuelas (públicas).
El departamento de lengua podía haber profundizado en el lenguaje de los abanicos, en la literatura sobre el abanico, la aparición e importancia del abanico en la poesía amorosa…; al departamento de ciencias muy bien le podía tocar encargarse de la relación entre la velocidad de movimiento y el enfriamiento del aire, o de la resistencia del aire al movimiento; el departamento de sociales podía estudiar la relación entre el uso del abanico y las clases sociales y hasta hacer su historia en el tiempo; los de arte podían haberlos coloreado,…
¡Qué grandísima ocasión perdida! ¡Cómo no se le ocurrió!
Quizás la poltrona y el aire acondicionado de su despacho de trabajo (y de su casa) hayan ablandado la capacidad educativa, la imaginación creativa y las ganas de trabajar en  algo nuevo que no esté en los libros, del consejero. ¡Una lástima!
Si podéis llegar hasta ella, os recomiendo la "Carta de una profesora al consejero madrileño de Sanidad sobre los abanicos” publicada en la Tribuna Abierta de eldiario.es.


Y, como de disparates se trata, esta apostilla:
Hoy vuelve a ser primera página en los periódicos ese concejal de Bilbao que ha privado definitivamente de mi voto a su partido. Aquel que proclamó que cualquier vecino de esta ciudad puede cerrar una cafetería. El que multiplicó mi poder ejecutivo hasta límites que nunca hubiera sospechado. Recordad, si queréis, mi entrada en este blog del 19/11/2016 (“Aquí llama un vecino y te cierra un local”).
Pero, antes de ver el periódico, yo ya me había acordado de él, de él y de… A la una de la madrugada, primero, a las tres, después. La culpa era de que mi escasa insonorización y la ligereza de mi sueño (de viejo) no están preparadas para compartir ciudad con esos energúmenos que salen del bar-pub que hay debajo de casa, Esos sí que tienen poder. Cuando ellos quieren yo me despierto, como si fuera una llamada militar a diana.

Bueno, ahora está muy preocupado con el peaje de los coches por la ciudad. Esta vez sí que voy a agradecérselo. Sobre todo si consigue que las carreteras queden libres para que podamos circular los peatones, porque las aceras no son ya para nosotros, sino para todas esas terrazas que, estoy seguro, pagan religiosamente los impuestos de los que cobra el ínclito concejal.

jueves, 15 de junio de 2017

La mujer loca

“- Yo no he leído ningún libro tuyo[…] Gustas mucho a las mujeres, ¿verdad?
- A las mujeres y a los buzos – dice Millás
- ¿A los buzos?
- Sí, hay escuelas de buceo en las que son de lectura obligatoria.”
“- Le entiendo. Creo que le gustaría escribir una novela que el lector reconociera como novela, pero que al mismo tiempo le produjera extrañeza.”
“Siempre quiere estar en el lugar del otro. A veces, se desdobla para ponerse en el lugar de sí mismo”.
“La mujer loca”,  de J.J. Millás, es una novela ¿loca? Extraña, sin duda. Extraña en su estructura, en sus personajes (uno de ellos es el propio autor), en lo narrado…
Está escrita con mucho humor. Se lee de corrida y te mantiene la atención hasta terminarla. En ella tienen cabida los problemas de la palabra hablada y la escrita, del silencio, de la gramática, las reglas, la personalidad de quienes hablan y quienes callan, el psicoanálisis, las relaciones familiares y, de forma destacada, el DMD (Derecho a una Muerte Digna).

Y remendando todos estos asuntos el tema del lenguaje y de su función y los entresijos de su relación con la realidad (la real y la falsa). O sea, eso. Es una novela extraña. No sé si de las aconsejables para el verano que se nos echa encima, o no. Pero, merece la pena recomendarla.

martes, 6 de junio de 2017

La sombra de lo que fuimos

Durante mucho tiempo usé "Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a leer", de Luis Sepúlveda en clase con mis alumnos para trabajar la lengua española y provocar alguna afición por la lectura.

Acabo de leer del mismo autor "La sombra de lo que fuimos" y ésta no podría usarla con ellos. Salvo, quizás, una hilarante escena en una pollería, que abarca casi todo el capítulo dos. (Si no vais a leerla entera y la tenéis a mano, gastad diez de vuestros minutos en este capítulo del que os dejo un trozo más abajo).
"La sombra de lo que fuimos" es un disparate literario (y político, y…) que, si no fuera porque en las últimas páginas pierde fuelle y sorpresas (a mi juicio) sería muy recomendable. Eso sí: para mayores de 50 años, para izquierdistas, izquierdosos y toda clase de “izquierderos”. Y para cualquiera que en aquel tiempo simpatizara con Allende y odiara a Pinochet. El resto abstenerse.

“Trabajaban y ahorraban todos (está hablando de los emigrantes españoles) con la misma idea: regresar a España y abrir un bar, esa idea era obsesiva y cuando estaba con ellos llegué a pensar que el Cid se fue a Valencia con la intención de abrir un bar, y que si en el resto del mundo la historia de la sociedad era la historia de la lucha de clases, en España era la historia de los dueños de bares y los clientes, algo que se les pasó por alto a Marx y a Engels e hizo de ellos dos filósofos bajo sospecha de abstemia”

Sobre los desaparecidos en Chile tras el golpe de Pinochet: “La vida se llenó de agujeros negros y estaban en cualquier parte, alguien entraba a la estación del metro y no salía jamás, alguien subía a un taxi y no llegaba a su casa, alguien decía luz y se lo tragaban las sombras”.

viernes, 2 de junio de 2017

Novelas "de verano"


Tarde de tormentas. Varias tormentas seguidas que están dejando una buena cortina de lluvia y la obligatoriedad de quedarme encerrado en casa.

Aprovecho para ajustar cuentas con un par de novelas leídas últimamente. Por si alguien necesita irse aprovisionando para el verano con novelas cortas y “fáciles” (¿intrascendentes?), de esas que le permiten a uno cogerlas a la hora de la siesta y echar un sueñecito en medio de la lectura. Empiezas, te duermes, y, al despertar, sigues leyendo como si tal.

Ninguna de las dos da para más, pero tampoco para menos: “No me toques” de Camilleri (esta vez sin Montalbano) y “En medio de la muerte” de Lawrence Block, un thriller con todos los ingredientes clásicos del género.

domingo, 28 de mayo de 2017

Bajo el árbol de los toraya

Se tarda en saber si se ha cogido una novela para leer, si habrá un relato construido o si estamos leyendo algo así como un tratado sobre culturas extrañas, aderezado con una especie de autobiografía del investigador.
“Bajo el árbol de los toraya es una de esas novelas (que lo es) que habría que leer despacio, sin prisas, parando para entrar en muchos temas, para responder a una introspección provocada: Philippe Claudel, a través del protagonista (y narrador) hace un canto hermoso a la amistad, profundas y sencillas reflexiones sobre la pareja, el envejecimiento, la visión que tiene uno de sí mismo,… La muerte siempre ahí. Y la vida.

Novela para viejos, para sesentones. Aunque ojo, es él quien dice: “los cincuenta son la vejez de la juventud y los sesenta la juventud de la vejez”.
Novelita (por lo corta)- novelaza (por su densidad y su magnífica forma de expresarse. No llegaría a darle la categoría de “novelón”. Os dejo algunas perlas:
“Nuestro mundo vive de espaldas a la muerte. Los toraya lo han convertido en el centro del suyo. ¿Quién tiene razón?”
“A veces el silencio parece el diálogo profundo de quienes se comprenden.”

Así dice de su madre, anciana y con la cabeza “perdida por la enfermedad y la edad: “Que ella habita en un universo del que lo ignoro todo, en el que no sé si existen el sufrimiento, el dolor, el placer, los sueños, los recuerdos, el tiempo, y que ella tampoco sabe nada del mío, no puede comprender de ninguna forma lo que experimento, lo que siento ni cómo es mi vida”

viernes, 19 de mayo de 2017

Escenas en la ciudad

Mucho sol y calor, luego agua, mucha agua, y, parece, vuelve el calor mañana: primavera loca.
La primera y más repetida escena contemplada-oída estos días de ciudad es ese diálogo:
- Esto no había pasado nunca. No me extraña que estemos todos con catarros, gripes,… si es que uno no sabe ya ni qué ponerse
- Es verdad. El tiempo está loco.
Lástima que fuera el mismo comentario de la primavera anterior y de la anterior y de… Lo inmediato nos hace olvidar lo que está un poco más lejos (no mucho). Y nos creemos el tópico, éste y otros muchos.

Sí me está pareciendo verdad lo que comienza ya a ser un tópico:
- Cada año hay más terrazas en las calles. Cada año resulta más difícil andar por la acera y mira que las están agrandando continuamente…
- Pues sí. Tendremos que empezar a ir por la carretera.
El año pasado era un abuso. Este año lo es más. He estado a punto de fotografiar atascos mayores que los de los metros japoneses en medio de la calle Santutxu, atascos provocados por una cadena de sillas y mesas con “terracistas” sentados y con “terracistas” charlando alrededor. Menos mal que nuestro ayuntamiento se estará forrando a impuestos y los nuestros bajarán.
Para que también podamos sentarnos a echar una cervecita.

Y, en un momento-espacio en el que se me abrió el campo de visión, esta vez en el centro de Bilbao, hete aquí que veo un torero. Sí, un torero. Vuelta a las ganas de sacar fotos, pero el respeto me lo impidió.
Estábamos un poco lejos y, aunque tuve que desviarme un trecho de mi destino, no pude resistir la tentación de pasar cerca de él para contemplarlo. A medida que me acercaba, al traje de luces, a las zapatillas toreras y a la montera se le iba añadiendo un objeto extraño en la mano del torero: una especie de maletín de ejecutivo.
Picado por la curiosidad me aproximé lo suficiente como para leer lo que rotulaba esa especie de maletín: “El torero moroso” – decía.

Que la vida cambia, que los jóvenes son diferentes me lo ha demostrado esta mañana una “chiquita”. Estaba yo en una plaza, esperando a que mi perra acabara con sus cosas, cuando me ha mirado desde donde estaba sentada y, sin levantarse, me ha dicho:
- Oiga, por fa, …
No he dudado de que iba a pedirme un cigarro. Pero, no. La frase ha continuado así:
- … no podría usted dejarme un móvil para hacer una llamadita de un minuto?
Evidentemente, los jóvenes ya no fuman.
Aspecto que presentaba el hall del Guggenheim

Y, volviendo a las aglomeraciones, como ayer era el día de los Museos, me fui al Guggenheim a media tarde. Para mi sorpresa había tanta gente (o casi) como en las terrazas. Señal evidente de que lo que echa para atrás a la hora de visitar museos es el precio (12 euros entrada al G.)


Feliz finde.

domingo, 14 de mayo de 2017

Restos mortales

Venía anunciándolo en este blog. Las dos últimas novelas de Donna Leon me hacían prever que Brunetti sería el segundo poli a “jubilar”, tras el Montalbano de Camilleri (aunque a éste le voy a dar un última oportunidad, otra última).
Así que tampoco será una sorpresa que haya abandonado “Restos mortales”, la, por ahora, última novela de D. Leon. Contra mi criterio (como es mío lo rompo cuando quiero) de dejar estancada una novela si en la página 40 aún no ha sucedido nada que me enganche, he llegado hasta la página 62. Pero, ya no va más.
Aquí acabo.
Y me surgen dos reflexiones: ¿Qué pasará con P. Markaris y con Kostas Jaritos?, ¿aguantará aún un par de historias más? Ya la última anunciaba su fin. Con ello, se derribaría ese triángulo tan fuerte en mis “primeras” lecturas de novela negra: Márkaris-Camilleri-Leon. O sea, ¿tan viejo me he hecho?
O, ¿es que los novelistas (ellos, que no sus polis) no saben cuándo jubilarse? Y esa sería la segunda reflexión. Ese triángulo suma hoy la friolera de 247 años ( 80, 92 y 75 respectivamente). ¿Serán incombustibles? Supongo que a todos nos cuesta dejar determinados trabajos, porque sus economías, sigo suponiendo, no precisarán de los ingresos de nuevos capítulos de sus series.

En fin, ¡¡¡honor y gloria para los viejos!!! Y, en cuanto sea posible, ¡¡¡ larga vida!!!

viernes, 5 de mayo de 2017

Noticias sobre la enseñanza

Hoy en el periódico, de nuevo una página entera llena con dos noticias sobre educación. Bueno, mejor dicho, sobre la organización administrativa de la enseñanza. Que no es lo mismo.
De nuevo suenan tambores de guerra entre los sindicatos y llamadas a la huelga del personal trabajador en la enseñanza. Mi memoria aún recuerda que, salvo algunas “fantochadas” de los sindicatos, la mayoría de las convocatorias a una huelga eran muy serias, señal evidente de que las cosas ya no podían seguir así, después de mucho aguantar.
Y si los docentes llegaban a la huelga, aquello no era un juego de niños. Era aquella una decisión muy complicada y difícil de tomar. Los alumnos no se quedaban sin clase por cualquier cosa.
Hoy reconozco que ya no tengo datos, ni los busco. Que me conformo con poco más de lo que cuenta la prensa y que me suena lejano el problema. Pero, supongo que las posturas no habrán variado demasiado.
De nuevo los padres ponen en duda las decisiones de la Administración y levantan su voz y sus quejas. Esta vez en Portugalete, en la pública, y porque a sus hijos de 4 y cinco años, por una parte, y de 9 y 10, por otra (calculo) los quieren juntar en el mismo aula.
Los viejos recordamos –dicen- cosas muy “extrañas”. Así que en seguida me ha venido al recuerdo mi primera escuela. Yo comencé (nunca ya estaré seguro) a los tres o a los cuatro años (lo que no era nada habitual entonces) por privilegios (?) de la amistad: mis padres y las maestras eran amigos. Aunque supongo que en aquel barrio, en aquellas fechas, todos se conocían y todos podrían disfrutar de semejantes privilegios (?).
En aquella escuela, desde el comienzo hasta los 14 años había tres “grados”, tres maestras y tres aulas, que se repartían no sé cómo los alumnos y alumnas (era mixta).
A los diez años yo había pasado por dos de aquellas etapas y, para hacer bachiller, fui a un colegio (privado), en el que los alumnos que no cursaban bachiller se repartían en cinco grados que cubrían toda la edad escolar (las clases ya no eran mixtas).
Aquella primera escuela de barrio (que creo recordar era privada – por supuesto, de una empresa: La Naval), muy semejante a las que ahora funcionan en ámbitos rurales, ¿era desdeñable?. Voy a ir más lejos: ¿era menos adecuada para la educación que las “normales”, las que estamos acostumbrados a ver?
Lejos de mí reivindicar situaciones pasadas que han sido mejoradas a partir de la lucha de padres y profesores. Lejos de mí suponer que el pasado fue mejor y que los que hoy protestan son unos vociferadores sin cabeza.
La organización escolar ha mejorado con el tiempo. Pero, posiblemente, en algunos aspectos, su evolución no es, del todo, la deseable.

Cuando imperativos económicos “obliguen” a tomar decisiones que recortan lo que se ha adquirido a lo largo del tiempo, es necesario hacer que los recortes se dirijan a los aspectos más negros de nuestra sociedad (ejército, grandes fortunas, …) y, al mismo tiempo, despertar la imaginación y trabajarla para conseguir lo que de verdad importa: que nuestros niños crezcan en libertad, en amistad, en disfrute de la vida, en comprensión, en compromiso, en… , aunque tarden un poco más en llegar a la trigonometría y el análisis lingüístico.
Buen finde para los que estáis en ello

viernes, 28 de abril de 2017

La vida negociable

Deliciosa a ratos, disparatada unas veces y cuerda, muy cuerda, otras; descacharrante y para echarte a llorar a partes iguales; juguetona, narrada en primera persona a modo de novela de pícaros, … “La vida negociable”, de Luis Landero, me ha gustado tanto que no dudaré en afirmar que su capítulo 6, por ejemplo, debería ser texto interdisciplinar de “estudio” obligatorio en tercero de la ESO: en conocimiento del medio, en lengua y literatura, en ética, en psicología, en orientación profesional y hasta en matemáticas.
Así que sólo añadiré un párrafo que nos explica algo de la obra general de Luis Landero y varios otros que he entresacado de su novela:
“Sus libros se han comparado con la obra cervantina, por su estructura tradicional, en una época en la que parece que todo debe ser experimentación o ligereza, por el lenguaje elaborado, por la ironía y cariño con que analiza las fantasías, anhelos e ideales de la gente de su generación, una mayoría gris y silenciosa a la que se exige el triunfo mundano como sea.”

“No me lo podía creer. No podía creer que mi padre, el más acabado modelo de honestidad, tan rezador y comulgante, y de principios tan estrictos, estuviese metido en un turbio negocio de tejemanejes, de comisiones, escamoteos, falsificaciones y fraudes, con la complicidad de porteros y contratistas, jefes de obra, obreros, alcahuetes, proveedores, inspectores de urbanismo, y hasta algún presidente de comunidad de vecinos, de modo que entre todos formaban una red de delincuentes, de pequeños criminales, que a su manera eran poderosos, como si gobernasen a su antojo un modesto reino en el que ellos formaban la aristocracia, y cuyo monarca era mi padre, urdidor y coordinador de toda aquella trama.
            Y de ese modo me fue enseñando cómo amañar adjudicaciones de obras, cómo apropiarse de fondos de la comunidad con cargo a gastos inexistentes, cómo distraer dinero de las tasas, cómo poner y quitar presidentes de comunidad, cómo emprender obras inútiles, raras o ficticias, o cómo inventar problemas que luego él y los suyos resolvían y cobraban, ganándose de paso el respeto y la gratitud de los vecinos, y así otras muchas cosas de ese estilo.”
“Todo empezó cuando un contratista me ofreció un habano, y ya puestos”, y como era la hora de comer, me invitó también a comer […] Hasta que llegó el momento fatídico en que me dije: Si no lo haces tú lo hará otro, y cedí ante aquel argumento tan razonable y tentador”.
Así le educa su padre: “Mira, Huguito, en la vida todo es negociable, y también con Dios, digo yo, se podrá negociar. Hay que aprender a convivir con el mal, y en este negocio mío y que pronto será tuyo, piensa, como yo lo pensé en su día, que si no lo haces tú, otro lo hará por ti, de modo que con tu virtud no evitas el mal; al contrario, aceptándolo, puedes paliarlo en parte, contenerlo, hacerlo más venial y más humano, y ese, a su modo, es también un servicio que se le presta a Dios, que todo lo ve.”
“Y ahora entra en escena otra vez el silencio, su majestad el silencio, el que a veces te obliga a decir lo que no quieres y a callarte lo que anhelas decir, el urdidor de equívocos, de esperanzas, de angustias, de culpas, de las más fantásticas sugerencias e hipótesis, espada que hiere y elixir que alivia, cornadas de grillo que a veces son mortales, escaparate y trastienda donde ocultarse o exhibirse, albergue donde descansar y laberinto en el que extraviarse, el comediante de las mil caras, el único capaz de decir lo indecible, el histrión desvergonzado al que no le importa hacer público lo inconfesable sin miedo ni rubor, el mago que convierte lo claro en turbio y lo inescrutable en evidente, el que con más secreta elocuencia nos define, porque tanto o más que por nuestras palabras los demás nos conocen e intuyen por nuestros silencios.”
“Esta historia es como mi vida, un completo absurdo”

“Con los años uno se acomoda a lo que hay, negocia con uno mismo y con el mundo, porque, como bien decía mi padre, todo en la vida es negociable, ahora comienzo a comprenderlo, ahora que empiezo a vivir en el presente sin otra patria que el presente. Quien sabe, quizá aceptando mi fracaso, es decir, aceptándome, consiga, si no ser feliz, al menos un poco de sosiego y de paz.”·
Tendremos que perdonarle que le atribuya el famoso "eureka" a Pitágoras

viernes, 21 de abril de 2017

Lezo, Gürtel, 3%,...

De vez en cuando veo el programa de Wyoming en la Sexta. Cada vez con menos frecuencia. Porque resulta aburrido, por reiterativo, por ya oído y visto, por ya conocido, porque de una misma noticia sólo cambian los nombres de los impugnados, los detenidos, los imputados, los investigados, … y las cantidades (siempre superiores a lo que yo tendré en lo que me queda de vida).
Anoche lo vi. Era mi primera opción de tele después de la cena. Reconozco que lo hice, más que nada, porque estaba ansioso, expectante, divertido de antemano, con la venganza a flor de boca.
Suponía que se cebaría en Marhuenda. Sobre todo después de haber leído en el diario.es, a propósito de sus insultos a una mujer. esto: El director del periódico conservador ha querido dejar claro que "no se trata de machismo" porque tiene "hijas". Había buena carnaza.
Pero, en la primera media hora larga (hasta que cambié de canal) sólo una breve referencia a su obligada declaración ante el juez.
¿Será que Marhuenda, además de otras muchas cosas (y de otras muchas fuentes de ingresos) no deja de ser uno de los tertulianos habituales de la Sexta? ¿Uno de los tertulianos más necesarios en sus programas-tertulia porque siempre resulta “interesante”, histriónico (en sus palabras más que en sus gestos), un buen “acicate” para que no decaiga?
“Ya conocen ustedes las noticias. Ahora les contaremos la verdad”. Toda la verdad, no.
Y hoy, como no podía ser de otra manera, vuelta a la realidad, a toda la verdad. O sea que la Hacienda bizkaina me comunica que en el año 2016 me corresponde meter en la caja más de siete mil euros.
Y mi pobre y débil estrategia financiera apenas me va a proporcionas la desgravación de un par de cientos de ellos (si tengo bien todos los papeles, que ya se verá si no me falta alguno).

Hay que rellenar la caja. La tenemos que rellenar tú y yo. No sea que un día metan la mano y sólo encuentren telarañas. Los que salen en las noticias de Wyoming también tienen sus necesidades.

martes, 11 de abril de 2017

Total Khéops

Llegué a Jean Claude Izzo y a Paco Camarasa de la mano de Txutxi  (a cada cual lo suyo) y, si mi memoria no me traiciona demasiado, en fechas cercanas entre sí, aunque ya lejanas de hoy.
Paco Camarasa fue, entre otras muchas cosas, el librero de “Negra y Criminal”, a cuyo blog estuve suscrito mientras duró y que, aun hoy, sigue mandándome noticias sobre novela negra de mucho interés.
Son muchos los autores a los que he llegado siguiendo sus consejos… aunque siempre me han estimulado más las recomendaciones de la librera.
Paco Camarasa acaba de publicar “Sangre en los estantes” , un más que interesante ensayo sobre la novela negro-criminal y sus autores y autoras, que os recomiendo encarecidamente.
En ese ensayo, Paco dice estos: “Si tuviera que recomendar un solo libro de novela negra (no confundir con novela policial) sería, sin duda, Total Khéops
Y yo que llevaba con ella varios meses en mi ebook, porque había decidido releer a Izzo, no he necesitado más.
Total Khéops es la primera parte (independientes las tres entre sí) de una trilogía que trascurre en Marsella, aunque hay quien llega a afirmar que Marsella, más que su entorno geográfico, es el verdadero protagonista. He vuelto  sobre ella y la he releído con mucho placer.
No tardéis mucho en embarcaros en el bote de Fabio Natale, el poli (el que me dio la primera noticia del Lavagulin), en el que encontraréis páginas de increíble ternura, muerte, corrupción, desprecio por cualquier valor humano, racismos, fascismo, drogas, armas, amistad, ganas de cambiar el mundo, … O sea, lo mejor de la novela negra.
Os dejo algunas de sus perlas:
“Nos habíamos hecho hombres. Desengañados y cínicos. Un tanto amargos también. No teníamos nada. Ni siquiera un CAP. No teníamos futuro. Sólo la vida. Pero la vida sin futuro era todavía menos que nada”.
“Por primera vez, preví que comprender quizá no fuera suficiente. Comprender es una puerta que se abre, pero no se sabe lo que hay detrás.”
“El blanqueo del dinero de la droga ayudaba al necesario reimpulso económico. Tanto patronos como políticos lo veían así”.
“Era siempre el final anunciado el que se cernía sobre nosotros. Bastaba con abrir los periódicos por la página de internacional o de sucesos. No hacían falta armas nucleares. Nos mataríamos los unos a los otros con un salvajismo prehistórico. No éramos más que dinosaurios, y lo peor es que lo sabíamos.”
“No confiaba ya en la justicia de mi país”.

“Me volvía loco. Había muerte por todos los lados. En mis manos. En mis labios. En mi boca. En mi cuerpo. En mi mente. Era un muerto viviente.”

viernes, 31 de marzo de 2017

Recursos inhumanos

Esta tarde he acabado de leerla y aún estoy perplejo por la noche. “Recursos inhumanos”, la última novela traducida de Pierre Lemaitre (es del 2009) se lee “como un tiro”, en un auténtico y continuado “sprint”. Sin resuello. Casi obligándote a “déjala, ya seguirás mañana”.
Y cuando acabas y te detienes, casi en seco, empiezas a pensar que no, que no es posible, que resulta absolutamente inverosímil, que “te la han colado”.
Perplejo: “El suspense, impecable; los giros, desconcertantes; la emoción,  bien dosificada”, he leído que dice una tal  Philippe Lemaire.
¿Es una maravilla de novela? Ya su primer capítulo es espectacular (me recuerda a lo mejor de Manskell). Y, muchas de sus partes están tan bien escritas…
Pero, estoy seguro de que es exagerada. ¿Tanto como para invalidarla?
Me ha gustado mucho. La perplejidad es lo que me ha quedado al final, después de acabarla. ¿Importa mucho?
“Recursos inhumanos” es la historia de un parado mayor de 50 años que quiere volver a trabajar:
Nos robaron la confianza en nuestra propia vida, nuestra seguridad, nuestro futuro. Eso es todo lo que quería reconquistar”

Por eso, cuando lo cree reconquistado, puede decir: “ahora es como si hubiese cometido fraude fiscal: tengo derecho a vivir en el barrio VIP”

miércoles, 29 de marzo de 2017

Envejecer o ser viejo

Cuando hace muchos años estudiaba sociología del lenguaje aprendí que nada tiene existencia real e individualizada hasta que una palabra no lo define, estableciendo los límites entre los otros que no son él y él que no es los otros.
Es la grandeza y la responsabilidad del lenguaje.
Kostas Jaritos (lo he recordado hace nada), el poli de Petros Márkaris, cuando necesita luz en medio de sus investigaciones o de su vida diaria, acude al diccionario y busca allí la definición de lo que no acaba de entender. Le funciona. ¡Qué suerte la suya! Probemos a ver.
Pero, antes, pongámonos en situación.
Dicen que, cuando una mujer cae embarazada, ve mujeres embarazadas allá por donde pasa. Puede que a mí me ocurra lo mismo. No con el embarazo, pero sí con las cosas de los viejos: O sea, que no hago más que ver y oír, por todas partes, llamadas al envejecimiento activo (tanto que no hace ni 20 días que hable de ello en este mismo blog).
Necesito. Realmente tengo necesidad de decir tres cosas que me parecen evidentes:
1. Mientras uno está envejeciendo, no ha llegado aún a viejo.
2. Mientras todos estemos envejeciendo, nadie habrá llegado a viejo.
3. Todos estamos envejeciendo, luego, no hay viejos.
Se acabó el problema de los viejos. Viejos son los trapos. No nos preocupemos de quienes no existen.
Es más que probable que por aquí vayan los tiros. Algunos tiros: si usted no sabe envejecer, es problema suyo.
Pues bueno. Yo sí soy viejo. Yo ya no estoy envejeciendo. Yo ya he envejecido y he llegado a la meta: la vejez. Me ha costado mucho (casi 70 años), pero he llegado.
¿Nos puede ayudar el diccionario? Esta vez uso el de la Real Academia:
Viejo, ja
Del lat. vulg. veclus, y este del lat. vetŭlus, dim. de vetus.
1. adj. Dicho de un ser vivo: De edad avanzada. Apl. a pers., u. t. c. s.
2. adj. Existente desde hace mucho tiempo o que perdura en su estado. Mantenemos una vieja amistad.
Y siguen 11 acepciones más, que no interesan ahora.
Parece claro que soy de edad avanzada. Al menos así lo dice el mundo del trabajo (que es uno de los más definitorios en sociología). Parece claro que soy viejo.
Hablemos entonces de “viejos activos” y dejémonos de monsergas.
Porque, cuando uno es viejo, sus problemas-ocupaciones-preocupaciones-ilusiones-esperanzas-… son las de los viejos, que, como el viejo tiene mucho en común con ellos, son las mismas que las del niño y las del  joven y las del adulto (¿me dejo a alguien?). Y ese es el campo de su actividad. Posiblemente también el de su activismo. Ahí debe hacerse visible, no en esa nebulosa inconsistente del envejecimiento (que comienza cuando uno nace).
Ahora bien, no perdamos de vista que si los viejos existimos y somos diferentes también nuestras preocupaciones son diferentes, o se ven de diferente manera a como las ven o las sienten quienes aún no son de “edad avanzada”.
Y aquí engancharía con esa noticia que aparece hoy en los periódicos: el Congreso va a regular el derecho a una muerte digna.
¡Qué gran patochada! Supongo que se tratará de ver cómo se reparten (y quién se queda con la mejor parte) los recursos sedativos o paliativos entre aquellos que ya no pueden más con su vida.
La pregunta, el tema, el centro de cualquier debate serio debe ser no el de la eutanasia, no, sino el del suicidio asistido: ¿qué recursos voy a tener yo (y tú) para abandonar esta vida en  las mejores condiciones, si un día así lo decido (lo decido yo)?

Pero, esto es asunto de muchas entradas de blog y de muchas reuniones del Congreso (cuando llegue la hora… que llegará).

martes, 21 de marzo de 2017

Offshore

Siempre resulta agradable, interesante y aleccionador lee a Petros Márkaris. Esta vez también.
Pero “OffShore” no pasará a la historia como una de sus mejores novelas. Está naciendo en mí la sospecha de que con Petros Márkaris nos va a pasar un poco como con Camilleri: que el tiempo no pasa en vano… y es muy fácil que los autores se “ablanden”. Ojalá me equivoque.
En “OffShore” la crisis parece haber quedado atrás. Jaritos se debate en la tensión de creer que es así, y regocijarse de que la situación (la suya, la de su familia, la de sus conciudadanos) esté empezando a mejorar rápidamente, y la duda de que no estén ante el mismo espejismo que no hace mucho dio lugar a la mayor crisis por la que los griegos han tenido que pasar.
Y eso se traduce en una pregunta continua: ¿de dónde viene el dinero, que está solucionándolo todo?.
Posiblemente, Márkaris se retrata con absoluta fidelidad en su personaje.
En ese contexto, se desarrolla el ejercicio profesional de Jaritos: tres asesinatos a resolver. Que tampoco importan mucho en sí mismos, que sirven para fundamentar esa pregunta por el origen del dinero salvador.

Offshore se le muy fácil, como todas las novelas de P. Márkaris, y es, posiblemente, la más “familiar” de ellas: uno de cada dos capítulos, aproximadamente, tienen lugar en el seno de la familia. Y las preocupaciones, alegrías, esperanzas, temores de Jaritos giran, más que nunca en torno a ella.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Funeral en el pueblo

La iglesia, situada en lo más alto del pueblo, resulta inaccesible en automóvil.
Por eso, un buen grupo de vecinos, familiares, amigos, se junta, casi en silencio, esperando la llegada del coche fúnebre en lo que podríamos considerar para los efectos una plaza, la más próxima a la iglesiaEs que ha muerto Emilio, el “tío” Emilio.
“Tío”, en el pueblo, es una especie de título civil. Familias con muchos hermanos, que, a su vez, han engendrados proles considerables, hacen que el tío sea alguien bien visible. Son más los que le llaman tío que los que le llaman padre. Se diría que en el pueblo, mientras las generaciones permanecen allí, cuando son chicos y aún no han marchado a la ciudad, uno es más tío que padre.
Pero, volvamos. El tío Emilio ha muerto.
Y cuando llega el coche fúnebre, el cura vestido, con todos sus ornamentos litúrgicos, baja hasta la plaza, sacan el féretro del coche y entre varios lo llevan hasta el templo, donde tiene lugar el funeral religioso.
Luego, llega la “procesión” al cementerio, procesión más civil que religiosa, por mucho que en cabeza, tras el féretro, se coloque el cura con todos sus atributos rituales: ornamentos, libro, hisopo,…
Una vez en el cementerio, colocan el féretro en un nicho y proceden a un cierre, provisional en tanto no se coloque la lápida que confirme quién es el que yace allí.
No sé cuánto tiempo ha durado esa “procesión” semi silenciosa. Supongo que unos quince minutos, porque éste es un recorrido habitual en mis paseos.
Pero, ese tiempo ha sido suficiente para que yo encadene tres pensamientos seguidos: resulta que, a pesar de mis casi 70 años vividos, a pesar de haber conocido varias muertes y sus consiguientes funerales, ésta es (que yo recuerde) la primera vez que participo en una “procesión” de este tipo. Y es que en la ciudad nada de esto se hace ya (si alguna vez se hizo). La ciudad no es espacio que permita tales expresiones cívicas. ¡Menudos atascos se iban a provocar!
Luego, he pensado que, sin embargo, nada de lo que allí acontecía me era extraño. Era como si yo lo “conociera” muy bien: mis lecturas, alguna película de cine,… Aquel no dejaba de ser “mi” mundo, “mi” cultura.
Y, por fin, me ha venido a la cabeza una reflexión que un día antes escuchaba de una profesora de Historia del Arte: “en mis clases de la Universidad –decía – cada vez me resulta más difícil “explicar” el Renacimiento o el Barroco. Y es que hablo para jóvenes que no tiene ninguna referencia para entender la Inmaculada o Moisés”.
Hoy, por muchas razones que ahora no vienen a cuento, con Emilio se está muriendo la última generación de “tíos”, que yo conozco. El título se está quedando vacío. Ya no hay nuevos “tíos”.
Sin duda, algo sigue cambiando. Pero lo que sí ha venido a cuento es que Emilio, el tío Emilio ha muerto.
Y para que el cambio cultural continúe, no diré ya “descanse en paz”, sino “recordémosle como lo que fue: constructor y parte de una familia que perdurará hasta el final de los tiempos a través de las muchas culturas diferentes, que han sido y que serán”.


Nota.- Para todos aquellos preocupados (yo incluido) por la visibilidad de esa media humanidad invisible, la de las mujeres, debo decir que ha muerto un varón, pero si hubiera muerto una mujer, mi entrada estaría escrita en “femenino” sin variar ni un ápice en todo lo demás.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Envejecimiento activo

Que cada vez somos más los viejos (en cantidad) es evidente. Que cada día hay más servicios, atenciones, planes, viajes,… preparados para nosotros, un hecho incontestable.
Que cada vez son más las investigaciones, científicas, médicas, sociológicas, psicológicas,…, que tratan de conocer, alargar y mejorar nuestros últimos años, parece innegable.
Hay un concepto que engloba todo esto: el envejecimiento activo. Nada de descansar. Actuar. Menear las piernas. Mover el cerebro. No parar quieto.
Tanto que, a veces, tengo la impresión de que muchos de mis congéneres van a sufrir un terrible estrés, porque a todo ese movimientos le añaden una carga de necesidad (para estar en forma) y de culpabilidad (en caso de pararse un rato para no hacer nada). A veces, me parece que estamos en “la adolescencia de la vejez”.
Bueno, en este contexto (y como a mí también me ocupa y preocupa esto del envejecimiento activo) el lunes estuve en una charla (clase, le llaman en las aulas de Hartu-Emanak, a las que asisto con regularidad una vez por semana). La charla-clase trataba sobre cómo mantener y ampliar la memoria. Dijeron muchas cosas interesantes y nos presentaron (¿a modo de “deberes”?) una batería de posibles actuaciones en pro de mejorar nuestro cerebro.
Luego, nos rifaron unos libros (de ejercicios) y me tocó uno (¿me señaló el maldito destino?). Con él en la mano, y con un simple vistazo, comprobé lo que ya venía sabiendo: era, más o menos, como uno cualquiera de aquellos varios tomos de materiales que preparé para usar en mis clases con el objetivo de que los alumnos no “mataran” el rato, sino que le dieran un uso interesante. Buscaban todos ellos, como éste, trabajar en la mejora de la atención, la lógica, el razonamiento, la agudeza visual, la velocidad de respuesta, …
Me consta que esos materiales siguen dando vueltas por ahí, en manos de otros alumnos, en manos de otros educadores. Pero, me planteo recogerlos y pensar en cómo darles nueva vida al dirigirlos a nuevos “alumnos” (un poquito más viejos). No sé si lo haré.
Porque, tarde o temprano, al concepto del envejecimiento activo habrá que añadirle la postillas de: “y productivo”. Cada vez somos más los viejos y cada vez más los años de vida activa que nos quedan. Algo habrá que hacer, nosotros también, para contribuir a la mejora del Producto Interior Bruto. Que, si nos dejaran, se nos ocurrirían muchas cosas… y las montaríamos.
Como para alguno de vosotros puede resultar interesante (para vuestro entrenamiento personal, o como materiales elaborados para trabajar con niños, adolescentes,…) os paso algunas direcciones que nos dieron y que he comprobado: las APP (móvil u ordenador) de Peak, de Lumosity y las Torres de Hanoi. Los ejercicios interactivos de memoria del Ayuntamiento de Madrid (buscadlo en Google con estas palabras). Y esta dirección: http://blog.laharelkargoa.org/psikoestimulazio-liburua/. En ella podéis descargar un libro entero en euskera o en castellano.

Buen provecho.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Cuatro por cuatro

Recojo palabras de la web de la propia editorial (Anagrama) para recomendaros “Cuatro por cuatro” de Sara Mesa, porque son más claras de las que yo podría escribir ahora.
Después trataré de encontrar una novela negra que me ayude a descansar de tanta “negrura” como hay en las novelas de esta escritora.
“Cuatro por cuatro arranca con la historia de un grupo de chicas, lideradas por Celia, que se han fugado de un colegio pero que son atrapadas y devueltas a la institución. El colegio del que huían, el Wybrany College, es un internado completamente incomunicado del exterior y destinado a los hijos de familias acomodadas, los únicos que pueden aspirar a salvarse de un mundo en descomposición en el que la vida en la ciudad se ha hecho imposible. Pero el Wybrany College también acoge a los llamados «especiales», chicos becados cuyos padres trabajan al servicio del proyecto. Las relaciones entre ambos grupos y entre ellos, los profesores y los miembros de la Dirección –el Sr. J., la Culo o el Guía– internarán al lector en un microcosmos dominado por la manipulación y el aislamiento. Con una narrativa fragmentaria, indirecta y muy depurada, la primera parte de la novela es una suerte de enigma cuyo sentido se completará más adelante.
En la segunda parte de la obra la perspectiva cambia con la irrupción de Isidro Bedragare, un profesor sustituto que va recogiendo en un diario su particular visión de los hechos que ocurren en el extraño internado, y que a su vez también esconde un secreto.
Narrada con un peculiar estilo que juega con la insinuación y las zonas de sombra, el lector irá descubriendo en la novela un universo literario autosuficiente, inquietante y enigmático, definido por unas normas propias que apelan a las relaciones de poder entre los distintos personajes y una violencia sórdida, latente, siempre a punto de estallar.
Con esta excelente novela, Sara Mesa ahonda en la construcción de un espacio literario propio, siempre en los límites de la realidad, con personajes marcados por la desolación y la impotencia, el humor soterrado y un sutil poso crítico. Cuatro por cuatro es, en realidad, un canto a la libertad mediante la mostración de su reverso: la opresión, el aislamiento y el miedo al exterior generan monstruos.”


viernes, 24 de febrero de 2017

La tela de araña de la justicia

Con un poco más de tiempo y tranquilidad os paso estas dos citas que explican mi comentario de ayer sobre la ley:

Anacarsis fue un príncipe escita que, hacia el siglo VII a. C., conquistó una región al norte del Ponto Euxino y viajó mucho por Grecia, adquiriendo reputación de sabiduría. Al pasar por Atenas visitó al legislador Solón. Tras conseguir la difícil amistad del famoso jurista griego, le reprochó en un banquete ser tan ingenuo como para creer que sus leyes iban a contener las injusticias y frenar la codicia de los ciudadanos y afirmó que las leyes son meras telas de araña, que rompe cuando quiere el poderoso como un pájaro, mientras que sufren los débiles como insectos su rigor. (De Wikiquote, la colección libre de citas y frases célebres

La ley es tela de araña, y en mi ignorancia lo explico,
no la tema el hombre rico, no la tema el que mande,
pues la rompe el bicho grande y sólo enrieda a los chicos.
Es la ley como la lluvia, nunca puede ser pareja,
el que la aguanta se queja, más el asunto es sencillo,
la ley es como el cuchillo, no ofiende a quien lo maneja.
Le suelen llamar espada y el nombre le sienta bien,
los que la manejan ven en dónde han de dar el tajo,
le cae a quién se halle abajo, y corta sin ver a quién.
Hay muchos que son doctores, y de su ciencia no dudo,
mas yo que soy hombre rudo, y aunque de esto poco entiendo
diariamente estoy viendo que aplican la del embudo.
Martín Fierro