sábado, 14 de octubre de 2017

Subsuelo y otras


“Subsuelo” de Marcelo Luján es un relato pleno de suspense, que, además de leerse “de una tirada”, pide la colaboración activa del lector para ordenar una y otra vez la cronología y la particular visión que de lo que sucede tiene cada personaje.
Se trata de un estilo muy cuidado, enormemente atractivo, que te agarra y no te suelta y que, sirve de soporte a una historia dura, pero sugerente, oscura, pero capaz de penetrar en el “alma” de quienes tienen que vivirla.
Todo ello enmarcado por una atmósfera cerrada, opresiva e inquietante.
De las de recomendar vivamente.
No puedo decir lo mismo de las dos novelas que empecé antes de ella: “El libro de los espejos” de E. O. Chirovici me ha resultado un “petardo” soso, de esos que ni fu ni fa.

Y “Prólogo para una guerra”, de Iván Repila me ha resultado inabordable, no he podido con ella… y lo he intentado. ¡Qué le vamos a hacer! Debe ser muy buena, pero todos no estamos preparados

domingo, 8 de octubre de 2017

Malas noticias a la hora del desayuno

Escribo en caliente, o al menos “en noticias recientes”. Sin dejar paso al poso. Sin esperar a que se aclare nada. Sin tregua a que el pensamiento tranquilice a la emoción. Con la urgencia (nada urgente para mí) de dar palabra a algunos sentimientos que están aflorando entre gente que me es muy querida… y respetada.
Me he desayunado con la noticia de que el Centro Formativo de Otxarkoaga (para mí, siempre Escuela Profesional de Otxarkoaga = EPO) está siendo investigado por un presunto fraude en la contratación de los cursos para parados de Lanbide.
Claro que, cuando alguien se ha hecho viejo, sabe perfectamente quiénes son los investigados, que la EPO no es más que una forma de nominar a nadie en concreto, pero que tiene quien controla sus mecanismos porque es de su propiedad. Suena un poco mal decirlo así, pero así es.
O sea, los investigados son unos señores concretos, con nombre y apellido, que actúan desde dentro (y desde fuera)  en nombre de la entidad propietaria.
Creo conocer suficientemente a los que allí siguen como para afirmar que ninguno de ellos se ha hecho rico aún. Y creo tener los suficientes conocimientos acumulados sobre la “naturaleza humana” (ya sabéis que no existe, que el hombre es historia) como para no tener ninguna duda de que Robin Hood, cuando robaba, no lo hacía exclusivamente pensando en los “pobres”. Por algo “el príncipe de los ladrones” volvió a ser Sir, mientras los “pobres” siguieron siendo pobres, después de acabar con los déspotas.
Y, por cierto, la ley del sheriff de Nottingham y del príncipe Juan sin Tierra era ley, pero tampoco era justa. No,  si se entiende la justicia de forma distinta al aparato que utiliza la ley para convertirse en tela de araña.
A la hora del almuerzo (sigamos en ambiente inglés) me han llegado un par de wasshaps  (si hay faltas de ortografía no os paréies en ellas y seguid con lo importante) de gente que sigue dando el callo allí adentro.
Cito textualmente: “Después de un montón de años ahí, éstos se están cargando todo lo hecho mejor o peor. Y ni pestañean.”
Éstos, me temo, no juegan su partida, sino la de otros. Éstos, me temo, no son los iniciadores, sino los continuadores de algo que viene de más lejos.
“Q pasada!
Q vergüenza!”
Así escrito. En la forma de escritura de los mensajes por móvil.
Es una pasada. La vergüenza… la vergüenza espero que la estén sintiendo “éstos”. Aunque no me fío ni un pelo de que así sea. Habrá balones fuera, habrá “no se ha entendido bien”, habrá “igual cometimos algún error”, habrá “no podemos llegar a todos los detalles administrativos y se le habrá colado a…”, habrá… Los “habrá” son tan incontrolables, la mente de los humanos tiene tal capacidad de engaño y de autoengaño, el lenguaje admite tanta cantidad de juegos, que lo que no habrá será culpables, ni giros en la dirección hacia la que se camina, ni claridad, ni…, cuando menos, alternancia en los responsables de que la EPO vuelva a ser uno de los lugares más indicados para que aquellos, que han sido maltratados permanentemente, desde niños, por el sistema educativo puedan resarcirse, demostrar lo que valen, educarse mientras educan a sus educadores, y salgan al mundo del trabajo con la suficiente preparación como para no estar condenados a ser siempre, eternamente, la carne de cañón que nuestra industria o nuestro comercio necesitan para que, quienes tienen el capital, sigan forrándose impunemente.
(Me estoy dando cuenta de que esto de los puntos suspensivos es una gozada; permite no tener que terminar nada y dejároslo a vosotros. Como en “Patria”).

Así que termino en puntos suspensivos, es decir, en la invitación abierta a que no calléis…

miércoles, 4 de octubre de 2017

Desde la rabia

Tristeza y preocupación son las dos palabras más dichas, leídas, escritas o escuchadas desde hace unos días. Expresan sentimientos que abundan en este momento y que comparto. Como cualquier hombre o mujer de bien.
Así que no “abriré” mi blog para repetirlas. Permitidme que escriba desde la rabia. Que también es abundante en estos días.
Hubiera escrito de otra manera, hubiera abundado más en la tristeza y la preocupación, si hubiera visto que el que llevaba la porra era Rajoy y el que recibía el golpe Puigdemont. O viceversa que tanto monta, monta tanto. Pero no. Los dos habían mandado sus tropas y ninguno estaba en primera línea de fuego. Como siempre, vamos.
Si el uno supiera lo que significa pegar al de enfrente, desarmado o armado exclusivamente con la palabra, si sintiera como sus nervios se encauzan a través de una porra de goma; si el otro supiera, durante un montón de días, lo que duele un porrazo, lo que siente cuando es humillado en sus propias carnes porque sólo tiene la palabra, entonces otro gallo nos cantara.
Igual hasta se sentaban a tomar un café antes del combate.
Creedme que no es una anécdota falsa el que un “señor” el sábado pasado me dijera, todo entero, que él no iba a Cataluña porque ya había mandado sus tropas. Y sonreía, y se creía gracioso, y pensaba que había hecho la frase de la semana o del mes.
Pero, para anécdota lo que sigue. No puedo citar textualmente, pero aseguro que lo que voy a contar no se aleja ni un ápice del sentido de lo ocurrido: el domingo vi televisión durante muchas horas, tratando de seguir lo que ocurría en Cataluña. En un momento dado, en La Sexta, un invitado, que en los subtítulos apareció como escritor y filósofo, dijo, más entero aún que el “señor” del párrafo anterior,  que lo que había que hacer a continuación era declarar unilateralmente la independencia… y mandar a los mossos a defender la nación.
- ¿Cómo? ¿Quiere decir con armas, fusiles, ametralladoras…? – preguntó el presentador
- Claro – respondió el invitado. En todo caso, nosotros no seríamos los primeros en disparar.
Escritor puede ser cualquiera. Es tan fácil. Basta con un papel y un lapicero. Aunque quizá debería haber puesto debajo “escribiente”. Pero, filósofo,… amigo de la sabiduría,… Aquel individuo tenía muy poco de asemejarse a un amante de la sabiduría. Como mucho a un amante abandonado y despechado…
Y, con toda la rabia apoderándose de mí, le deseé únicamente que, si llegaba el caso, estuviera en primera línea de combate, que entre él y su enemigo no mediaran más que las armas que ambos portarían y… que no fuera él el primero en disparar.
Luego recordé que: “La guerra que vendrá no es la primera. Hubo otras guerras. Al final de la última hubo vencedores y vencidos. Entre los vencidos, el pueblo llano pasaba hambre. Entre los vencedores, el pueblo llano la pasaba también”. Bertolt Brecht sí fue un escritor. Posiblemente, incluso fue filósofo.

Cuando buscaba su poema para citarlo, esta vez sí, de manera textual, encontré esta cita de Paul Valery (que también lo fue): “La guerra es una masacre entre gente que no se conocen (¿el guardia civil y la anciana catalana?) para provecho de gente que sí se conoce (¿presidente de España y president de Catalunya? o, quizás, por poner un ejemplo, ¿presidente de BBVA y presidente de Caixa?) pero no se masacra.” (Los paréntesis son míos, por supuesto y los personajes no tendrían nombre por ahora, aunque se pueden buscar).

martes, 26 de septiembre de 2017

Mejor la ausencia

Había que leerla, ¿no?. Pues ya está. Leída. A ver si consigo que, desde una perspectiva literaria, no me sigan alcanzando los coletazos de esta “memoria histórica” que hay que reparar, completar, aclarar,…

“Mejor la ausencia” de Edurne Portela, tampoco me ha gustado. Es cierto que se lee como un tiro. La complejidad del relato ( a pesar de que la autora quiera envolverlo en un misterioso suspense… que no consigue) es tan escasa que no necesita demasiada atención.
Sus personajes me han parecido excesivamente estereotipados, difíciles de creer unos, otros excesivamente lineales. Y la extrema inestabilidad de la protagonista, ese carácter de anti-heroína que parece revestirla, no llega a encandilar ni a hacer que empaticemos con ella. Aunque es posible que éste sea el mejor logro de la historia.
Luego está ese afán de abarcar todas las miserias y las desgracias en un único núcleo familiar (¿cuatro hijos en el Santurce de los años 80?), porque parece que tiene obligación de universalizar en un grupo singular toda la historia. Una historia que no llego a reconocer como mía… salvo en su geografía.

Es de agradecer que esta vez la novela se quede en las 150 páginas.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Contrapunto al domingo que viene

En la vida llega un  momento en el que uno deja de aprender. Porque las neuronas ya no le dan o porque no tiene ningún interés en seguir haciéndolo. Quizás, mantiene algunos campos del conocimiento, que para él fueron muy importantes, en alerta; quizás, surgen campos nuevos, diferentes, en los que aún le “pica la curiosidad”. Pero, en general, ya no es prioritario seguir aprendiendo.
Oigo desde aquí (ya llevan rato  pidiendo la palabra o, faltas de educación democrática, alzándose por encima de las demás) las voces de todos esos “de la tercera edad”, defensores a ultranza de que “nunca se deja de aprender”; “la vida no se acaba hasta el último segundo”; “siempre es tiempo para crecer y mejorar”; etc., etc. Son ganas de martirizarse, de no aceptar lo evidente, de no tener una actitud tranquila, no competitiva (ni siquiera contigo mismo), de no gozar (que ya va siendo hora) de lo que uno es y tiene sin pensar en lo que aún no es ni tiene.
Mi vejez no significa cese de la curiosidad, dejadez de cualquier esfuerzo intelectual o manual, abandono de cualquier novedad, negativa ante toda empresa distinta. Ni mucho menos. Pero el aprendizaje ya no es compulsivo, inmediato, maltratador de la ignorancia ajena. Ya no establece líneas claras de separación entre lo que tú sabes y lo que el otro ignora, entre lo que te interesa saber y lo que no “sirve” para nada.
Lo curioso es que estas reflexiones de mañana del domingo, cuando el domingo se distingue del lunes sólo porque en el pueblo hay algo más de gente (los del finde) o porque hoy viene a visitarte el hijo (que significa, siempre, más fiesta… y menos tiempo para el aprendizaje, a no ser que sea “importante” seguir al día de los contrastes generacionales), estas reflexiones, decía, nacen de algo tan simple como el afeitado de uno de mis vecinos.
Ved: tengo un vecino de 88 años, que (salvo cuando el tiempo climatológico lo confina en un trabajo de recogida que no permite perder el tiempo en otras cosas) los domingos se afeita temprano y sale al portal con “el traje del día de fiesta”, se sienta y espera a que otro vecino, más joven y con coche, lo acerque a la “ciudad” a echar la partida. Esta es una de las señales “pueblerinas” de que hoy es domingo.
Pues bien, esta mañana, después de charlar un rato con él, y como resumen de unas cuantas charlas vespertinas del verano, concluía yo en el reconocimiento de la sabiduría de una vida no dedicada al aprendizaje, pero que no ha prescindido de él.
Trabaja (sigue trabajando) la tierra, aunque, desde que yo lo conozco, “este es último año”, porque “¿qué necesidad tengo yo ya de seguir matándome?” y, “porque ya estas piernas no me dan para más”. Saca de ella una pequeña producción de (entre otras cosas) patatas, cebollas, alubias, y nueces (éstas de los árboles), que luego “vende” para sacar un dinerito. Produce también otras verduras para su consumo particular.
Pero, hoy, domingo, se prepara para su partidita y (aunque no me lo ha dicho) por si vienen compradores a su casa (al portal). Porque los domingos es frecuente ver cómo un coche se detiene junto a su puerta y el conductor sale cargado de bolsas, sacos o cajas.
Él no acude al mercado. Los compradores acuden a él. Y, para concluir, que a esto venía todo lo anterior, siempre (por lo que él me cuenta) se produce el mismo diálogo, más o menos así:
- ¿Me puedes poner dos sacos de patatas?
- No –dice él. Te tendrás que conformar con uno. Porque no tengo tantas. Porque me ha pedido fulanito y menganito y tengo muchos compromisos.
Cambiad el producto, las cantidades, las formas del diálogo, pero quedaos con el fondo: si te doy todo lo que me pides, no tengo para otro comprador, o sea que pierdo un “cliente” para futuros años; si no te doy nada, te pierdo a ti. Si te doy todo lo que me pides, cuando hagas propaganda boca a boca (que es la única que hago) vas a decir que se puede venir en cualquier momento, que siempre hay y voy a vender menos y voy a tener que estar más tiempo con la mercancía dando vueltas en el “almacén”; si te doy menos, vas a decirles a tus amigos que se den prisa, que no hay para todos… y que no regateen con el precio, que está suficientemente ajustado al mercado.
Nuestro viejo (escrito con todo el cariño del mundo), ¿habrá estudiado alguna vez marketing?
Y yo, ¿habré aumentado mi conocimiento, habré aprendido algo (sin importancia) de una mañana de domingo, que sólo existe porque es el colofón de toda una semana, de un día de otoño en el que se precipita todo lo esperado durante un verano?

Y, si no lo he hecho, ¿qué más da?.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Grita: Quiero ser independiente

Este blog choca a veces con mi pereza y ralentiza su marcha. Otras choca con algo más duro, con una sensación de que o escribo sobre determinado asunto o no sigo hacia adelante. Y ese determinado asunto no resulta muy apetecible, no se presta a  juguetear, es (o está siendo tomado como) demasiado serio, no apto para bromas. Y, cuando choca con esa sensación, el blog se detiene. Hasta que explota, porque el runrún interno no para y no me deja en paz.
Y ahí estamos.
Uno desea, anhela la independencia cuando se sabe dependiente. Sólo entonces, en ninguna otra situación. Pues me vais a permitir inventarme un tipo de ciudadano, uno que sea más o menos próximo a nosotros y a nuestros vecinos. No “el ciudadano medio”, que para eso harían falta sesudos estudios.
Erase una vez una mujer o un varón de mediana edad, casado, con un par de hijos adolescentes (o sea, entre 12 y 30 años) que viven en casa de sus padres, con trabajo más o menos estable (ambos progenitores) y con ingresos familiares en torno a los 3.000 euros mensuales. Estudios medios o superiores. Y patatín y patatán. Creo que este esbozo es suficiente para lo que sigue.
Cada vez que ella y él hablan de su casa, les recorre un pequeño escalofrío que les recuerda que la casa aún es más del banco que suya. Tanto que, en esa pasada crisis, han visto como algunos conocidos han sentido las garras del dueño empujándolos hacia la p… calle. Dependen del banco
Tienen, dicen, un trabajo. Pero alguno, malintencionado él, les susurra que más bien son tenidos por el trabajo, que alguien, sin saber nunca quién (en el teatro sería La Corporación) puede deshacerse de ellos. Saben que ellos no marcan ni el objeto del trabajo, ni el ritmo, ni el tiempo, ni la finalidad, ni… Dependen del trabajo
Cuando viajan, de trabajo o de asueto, lo hacen en un coche que han comprado –quizás aún no han terminado de pagarlo- a una multinacional, que decide cómo, cuándo, por cuánto,… lo venden. Llenan el depósito de gasolina, usan en casa y fuera de ella la electricidad, el gas, que les han proporcionado sendas multinacionales que no dan cuenta ni permiten la participación más allá de sus consejos de administración. Y utilizan un mobiliario y unos electrodomésticos que... Están informados por una prensa “libre”… Sus hijos reciben una educación de la que no son responsables, porque no tienen ninguna palabra ni sobre los objetivos, ni sobre las metodologías, los ritmos,… Dependen, dependen, dependen.
Es cierto que casi siempre, les cabría la posibilidad de elegir de qué Corporación depender: si de este banco o de aquella caja, si de esta casa de automóviles o de aquella otra, si de esta compañía eléctrica o de aquella otra, si leer este periódico o ver aquella cadena de televisión, … Es cierto que, casi nunca, les cabe la posibilidad de elegir entre ser dependientes o no serlo.
Quiero ser independiente. Y me gustaría que tú también lo fueran. Y que lo fuesen todos los catalanes y todas las catalanas (permitidme una vez la licencia lingüística de repetirme, usando el masculino y el femenino).
Ah!! Y me gustaría mucho que los catalanes dijeran lo que quieran decir… Y los asturianos… y los extremeños, e, incluso, los de Cuenca (por poner un ejemplo).

Menuda es esa democracia que no existe si no se respetan las normas, pero que es compatible con la prohibición de la palabra.

martes, 5 de septiembre de 2017

Diferencias de opinión

He dicho siempre (bueno, dejémoslo en muchas veces, que yo también he sido joven) que en literatura hay muchos juicios diversos, que cada uno tiene su criterio, que lo que a mí me parece bueno a otro no, que no creo que la verdad sea monopolio de nadie.
Cada vez me resulta más difícil recomendar una novela o rechazarla. Es cierto (también lo he dicho muchas veces) que determinadas novelas están  “objetivamente” mal escritas, porque se saltan aspectos importantes del relato, porque no explican o se sacan de la manga determinadas razones, porque confunden los lugares o niegan lo que han afirmado unas líneas antes, porque cometen errores lingüísticos o porque la cronología no es correcta.
Pero, todo eso al margen, ¿recomendar una novela?  A veces, una especie de “fanatismo” me pierde y leo cosas que me parecen tan buenas que no me resisto a recomendarlas. Otras veces sólo recomiendo determinadas lecturas a determinados lectores, cuyos gustos más o menos conozco y comparto. Y algunas otras veces “me cargo” alguna novela como una especie de venganza por la fama o los premios adquiridos (a mi modo de ver injustamente)
Así que no tienen nada de extrañar situaciones como ésta:
En mi blog, el pasado 26 de agosto, escribía yo: “Eso hace que haya terminado con la sensación de que me han colado una mala novela”.
Pocos días después, Paco Camarasa, en “casta@negraycriminal, escribía:Leemos que la novela No soy un monstruo, de Carme Chaparro, editada por Espasa, será llevada a la televisión por Mediaset. Como una de mis muchas manías es no ver lo que previamente he leído, porque, normalmente el lenguaje visual es otra cosa, y no está a la altura, les recomiendo vivamente que la lean antes”
Son palabras de Paco Camarasa, un hombre mucho más leído que yo, más entendido, más metido en este mundo y, sin duda, mejor crítico (aunque también tenga derecho a equivocarse)
Y es bueno dejar constancia de estas cosas. Por el bien de la literatura y de uno mismo

(Siempre, -sí, siempre- me costará creer que Marca tiene algo que ver con la literatura) 

domingo, 3 de septiembre de 2017

Fin de domingo otoñal


Aún no son más que la nueve de la noche, pero la foto explica perfectamente cuál es la atmósfera que se respira ahora en el “pueblo”.
Si alguien quisiera escuchar los ruidos que lo acompañan apenas acertaría a oír los sonidos del viento en las hojas de los árboles o el caer de unas gotas de agua, que contribuyen a crear una estampa más otoñal que veraniega.
 Y es que el otoño está ya aquí, por mucho que el calendario no se lo permita: las plantas y sus frutos, los pájaros, los árboles y la maleza, el “fresco” que llena el ambiente y que anuncia próximos fuegos en la chimenea, la “operación retorno” al trabajo,… los niños que ya se han recogido o que han vuelto a la ciudad.
Todavía hace un par de horas un viejo limpiaba las alubias recolectadas esta misma semana; gente joven charlaba en animados corros de sus hijos, de sus trabajos, de sus equipos deportivos; los niños recogían moras para los pasteles de sus madres, y algunos se preparaban para una última tarde de fiestas en el pueblo de al lado.
Ya no queda nada de eso. Sólo silencio, paz, tranquilidad, quietud,…
Ya comprendo que disfrutar estos momentos, escribir sobre ellos, sólo es posible si no hay que preparar el equipaje necesario para una semana de trabajo, si a uno no le espera una semana con muy poco silencio, paz, tranquilidad, quietud,…

Ya os llegará. Pero, no lo perdáis de vista. Está más cerca de lo que suponéis.

sábado, 26 de agosto de 2017

No soy un monstruo

Entre vainas, calabacines, que este año se prodigan sin que parezcan tener final, alguna cebolleta, pimientos, tomates, que esta vez están muy sabrosos y espléndidos; en medio de una geografía que parece hecha de polvo acumulado, bajo un buen sol y ninguna lluvia, aunque aquí sí que refresca y las mañanas resultan muy agradables; en varias “siestas” generosas me he leído “No soy un monstruo” de Carme Chaparro.
No ha resultado empresa difícil. El asunto de la búsqueda policial de unos niños desaparecidos, raptados – a lo que parece – por un asesino en serie, y el haber elegido una novela que construye su relato usando varios escenarios simultáneos y vistos desde varios personajes (incluso utilizando distintos narradores) le permiten crear suspenses que se alargan en el tiempo que dura la narración, aunque el momento de la historia sea el mismo.
Ese suspense bien prolongado hace que, por momentos, resulte difícil abandonar la lectura. En ese sentido, “No soy un monstruo” es novela de leer de uno o pocos tirones y se sigue sin rechistar.
Dicho lo cual, debo añadir que tiene dos graves defectos: es todo excesivo, exagerado, no hay posturas, sentimientos, verdades… medias. Si se sufre se sufre hasta morir y si no se duerme se está en vela durante días.
El segundo defecto me parece más serio: la solución final, la prueba que provoca el desenlace, se la saca de la manga. No la explica, a no ser que yo me haya perdido algo (que todo es posible en tardes de verano, y a la hora de la siesta).
Eso hace que haya terminado con la sensación de que me han colado una mala novela.


martes, 15 de agosto de 2017

Jubilarse escribiendo

Ya son varias las veces que he hecho en este blog, siempre de pasada, comentarios sobre la “jubilación” de los escritores.
Cuando se han seguido, con bastante fidelidad a lo largo del tiempo (mucho tiempo ya), las novelas de algunos de ellos (Camilleri, Leon, Markaris, Allende,…) cuesta no ilusionarse con la publicación de una nueva novela suya.
El caso es que se está convirtiendo en asunto común que esa “última novela publicada” no tenga mucho que ver con su producción anterior.  Es como si en ella “echaran el resto”… y ya no les quedaba mucho. Salvo, eso sí, oficio, humanidad, capacidad crítica. Insuficiente para construir una historia de las que merecen la pena.
Y da mucha rabia. Por dos razones: por la desilusión que se va instalando poco a poco, progresivamente, en el lector, junto a la consideración de que se ha perdido el tiempo en esa última lectura; y por la empatía que se siente con los autores, que va disminuyendo porque uno no acaba de entender las verdaderas razones para seguir publicando: no puede ser su situación económica (al menos eso creo), no puede ser esa historia que uno lleva dentro y no acaba nunca de parir (porque no hay historia), no puede ser la necesidad de reconocimiento, el que no se olviden de mí, el “aquí sigo estando” (porque son inteligentes). Entonces, ¿qué?
Los viejos creemos que tenemos mucho que decir. Siempre. Y no debe ser del todo verdad. Al menos expresado de esa manera. Es posible que tengamos poco, pero interesante. Y que ese poco, pero interesante podamos repetirlo muchas veces. Y ahí nuestra obligación es la de repetirnos. Nuestra ventaja que no nos apremia el tiempo (porque no tenemos que inventar nada, aunque el tiempo que quede sea breve). Y nuestra autocomplacencia que sabemos hacerlo (más sabe el diablo por viejo…).
Pero, en este caso, hay lectores. Gente que espera una historia que le remueva, que le emocione, que le deje con la sensación de haber “aprovechado” el tiempo, también escaso, que le queda.

Hay que saber jubilarse. Sin duda. Quizás sea el tiempo de volverse a los relatos breves. Quizás.

viernes, 11 de agosto de 2017

Más allá del invierno

Creo que todos los que hayamos leído alguna vez a Isabel Allende estaremos de acuerdo en que escribe “bonito”. Que se la lee muy a gusto.
Además, supongo que coincidiremos en su maestría creando personajes. Sobre todo, esos personajes femeninos hechos de dolor, humillaciones, vejaciones y sufrimiento. Y de constancia, fuerza, aguante, tenacidad e, incluso ternura.
Esas mujeres que trasmiten la vida, la cultura, los valores, la etnia,…
Pero, aparte de eso, poco más he encontrado en “Más allá del invierno”.

¿Deberían los escritores jubilarse obligatoriamente?

sábado, 5 de agosto de 2017

Tercer día de playa

Tercer día de playa en Castro. La playa debe seguir ahí, aunque no he ido a verlo. La foto que acompaña esta entrada no hace justicia a la realidad, sobre todo porque no está mojada. Y la realidad es como un charco y una cortina de agua. Sirimiri, ¿no?

Decía ayer Jonan que en Benidorm estaban “secos” y que se iban al cine. Por la cosa de que con el pago de la entrada parece que se aseguraban un par de horas de aire acondicionado.
Las razones para ir al cine siempre han sido de lo más variadas. Si no que se lo digan a todos los que tuvieron que buscar las “fila de los mancos”. O aquellas sesiones dobles (que recuerdo sin mucho esfuerzo) en los cines de Madrid en tardes dominicales de un frío que pelaba o de una lluvia interminable (que también allí llovía. Mi penúltimo paraguas, que aún hoy uso, lo compré en Madrid en mi último viaje hace ya… eso sí que no lo recuerdo).
O sea, casi cuatro horas de calor y a cubierto. Una película de amor y otra del Oeste. La tarde pasada.
Es como ahora con la tele y las razones que nos llevan a verla. Son tantas las veces que está encendida sin  que nadie la mire siquiera… Pero, alguien tocó en un momento dado un mando a distancia y a nadie se le ocurrió volver a hacerlo antes de la hora de ir a la cama.
¿Qué fue de aquellas tardes en la sala de casa de Sestao, cuando mi madre me veía sentado y me decía: “hijo, enciende la tele”. “¿Para qué?”, preguntaba yo. “¿Tú  vas a verla?” “No, yo no. Pero tú querrás verla”. Y la encendía. Y, como entonces no había mando a distancia, allí se quedaba, encendida… hasta la hora de ir a la cama.
Retomando el asunto: que si alguien quiere “mojarse”, dejar de “estar seco”, no tiene más que darse una vuelta por aquí, por “el Norte”, que dicen.
Esta vez he podido disfrutar de un par de días SEGUIDOS de playa, de sol, de calor, del agua del mar. ¿Habrá sido un pequeño lujo? Tumbarse a sentir los rayos de sol tonificando los viejos huesos, en silencio pero escuchando “maravillosas” conversaciones alrededor (y ahora con los móviles, escuchando también monólogos), con los ojos cerrados, pero sin dejar de ver cómo se mueven los labios de esa señora mayor que lee a unos metros, en la tranquilidad que espía a esos niños que desembarcan sus aparejos demasiado cerca, solo, opero en medio de una gran multitud, tumbarse… es (o ha sido) un pequeño lujo.

¿Podré repetirlo en breve? O, este tiempo, este Norte, este sirimiri,…

viernes, 4 de agosto de 2017

Una comedia canalla

La segunda novela de Iván Repila (“El niño que robó el caballo de Atila”) me impactó. Tanto que me prometí a mí mismo leer en cuanto pudiera su primera novela, novela de la que ya alguien me había hablado elogiándola. Me impactó, dejándome la pregunta sobre si el autor nos tomaba el pelo o no.
Pues bien. He terminado (a rastras) “Una comedia canalla” y digo que me la podía haber evitado, que no me hubiera perdido nada. Eso sí me hubiera quedado siempre con las ganas de leerla. Y me pasará lo mismo con la tercera, pero no tiene por qué pasaros a vosotros.
Hay quien la recomienda, pero a mí me ha parecido una enorme gamberrada (inteligente), en la que no me cabe duda de que el “gamberro” lo pasó muy bien (escribiéndola), pero los demás sólo encontraremos algunos pequeños detalles para reír. Quizás ni eso: sonreír.

Para lo que queda de mes volveré a mis lecturas de verano: esas de las que esperas muy poco y que te hacen pasar el tiempo con dignidad, agradablemente, sin más pretensiones que la de estar bien escritas.

viernes, 28 de julio de 2017

Finales de Julio

Julio da sus últimos estertores.
Entre tanto asunto importante (Siria, declaración de Rajoy, vuelta a los ahogamientos de emigrantes, cifras del paro, corrupción, corrupción, corrupción,…) algunos asuntos más “domésticos” interesan hoy a mi blog.
No puedo dejar pasar de largo que hace un par de días se casó Jon Ander, mi hijo mayor, en una celebración sencilla, cercana, breve, sin pompas, pero con tanto o más de amor que en cualquier otra. Y eso es lo importante. Y no seré yo quien suba fotos a la red.
Pero, esta semana ha habido tres asuntos más que quiero comentar:
El primero, el más rápido de tratar porque nos falta perspectiva histórica, es esa comunicación de Madina de que abandona la política, como actividad institucional. Inmediatamente me ha provocado esta pregunta que ahí queda: ¿habrá puertas giratorias?.
Otro asunto, casi tan rápido es una situación absurda que ha ocurrido esta mañana. Estamos en Castro, donde ayer me di el primer baño de mar de la temporada. Paseábamos por el paseo marítimo con dos perras. Y unos carteles muy simpáticos prohibían que las perras entraran a la playa.
La razón, que todos compartiríamos quizás con matices, es la molestia que su presencia causa a los que usan la playa. Lógico. Lo que hacía que la situación fuera absurda es que, dada la climatología, sólo había una persona en la playa (una playa hermosa – que lo podéis ver en la foto) y otras dos se bañaban en el mar. ¿Será verdad lo de la molestia? ¿Cuándo seremos capaces de hacer leyes “flexibles”, de esas que pueden ser útiles para todos los ciudadanos?
Y, por último, no quiero obviar ese video tan difundido en las redes de una educadora  social agredida por una “usuaria del centro de menores en el que trabaja”. LAMENTABLE, claro. A ERRADICAR, por supuesto.
Me permito remarcar una de sus afirmaciones sobre los chavales: “son dioses sin educación y saben los derechos pero no se atienen a ningún deber”.
Me siento obligado a proponer a los educadores que maticen, en un análisis mucho más profundo y correcto, eso de echar la culpa a los padres. Seguro que parte de la culpa la tienen ellos, pero sólo ellos… , fundamentalmente ellos...
Aunque en otro párrafo de su declaración extiende la culpa a los adultos, al sistema, … necesitamos un análisis mucho más apto para trabajar.
Y donde ya mis conocimientos-sensibilidades chirrían es en esa costumbre (¿) de eximir de culpa a los agresores. Esos “usuarios” no son unos “críos” exentos de responsabilidades, sin capacidad para discernir, sin criterios para juzgar, sin otras posibilidades que convertirse en agresores.
No. Ellos son también responsables y deben cargar con su responsabilidad. Hay que tratarles precisamente como sus padres, los adultos, el sistema, no lo han hecho, como si no tuvieran ninguna libertad para optar en sus conductas.

A ver si agosto viene con un poco más de sol (en nuestras latitudes).

sábado, 22 de julio de 2017

Lawrence Block


Acabo de leer dos novelas de Lawrence Block. Las dos primeras aventuras de su “no-detective” Matt Scudder:  Los pecados de nuestros padres y Tiempo para amar, tiempo para matar.
Ya en la primera de ellas, había quedado claro que Scudder, ex-poli, no era un detective. En la segunda de ellas, lo dice con toda claridad:
“- Así que, ¿qué haces?. ¿Eres una especie de detective privado, eh?
- No tengo licencia. A veces hago favores a gente y me lo pagan”
Son novelas de corte clásico, de esas de detective (o no-detective) resuelve crimen. Y por el camino, junto a la intriga, un hombre descreído, bebedor, extraño, con unas fidelidades especiales, sin familia (aunque un día la tuvo), sin arraigo en casi nada,… un hombre realmente interesante.
Un hombre hurgando en una realidad que no le gusta y que muchas veces da por sentada que sólo se puede vivir en ella o siendo un chantajista o un chantajeado. Esta realidad:
“El nuevo alcalde estaba teniendo problemas para nombrar a su vicealcalde. La comisión de investigación había descubierto que los posibles candidatos eran gente involucrada en diferentes e interesantes tipos de corrupción. Había una solución evidente y el alcalde daría con ella tarde o temprano. Iba a tener que deshacerse de la comisión de investigación.”

Se leen con mucha facilidad, son un interesante “divertimento”, apto para el verano (y para el invierno), que siempre van un poco más allá del puro dejar pasar las cosas. Además están bien escritas y tienen algunas cargas de profundidad más que interesantes.

miércoles, 12 de julio de 2017

Por críticas de gentes

Hay un cuento (leer aquí) del Conde Lucanor (“Lo que sucedió a un hombre bueno con su hijo”), que siempre me ha gustado mucho, con una cierta frecuencia lo utilicé en mi labor educativa, y parece de rabiosa actualidad. Hoy y ayer, y…
Esa es la riqueza de los cuentos “inmortales” y a mí ya me gustaría contar como él.
Quizás, si os habéis ido al cuento y lo habéis gustado, la prosa que sigue (la mía) no tenga demasiado interés, pero si os ha despertado una cierta curiosidad, debo decir que el cuento viene a cuento (valga la redundancia) por algunas escenas repetidas recientemente,  que me lo han traído a la memoria:
Con la disculpa de preparar el invierno próximo sigo enganchado a la recolección, corte, y almacenamiento de leña. Realmente se trata más bien de un invento de última hora de quienes venimos (y somos) de ciudad y que ya no tenemos vacaciones (porque no tenemos trabajo). Invento que se llama: mantenerse activo.
En esas estaba yo, cortando leña con la motosierra, cuando uno de los más viejos del lugar acertó a pasar por allí y, después de mirarme desde su milenaria sabiduría, me dijo pontificalmente:
Eso mejor se hace con el hacha.
En lo que tardé en entrar en la cabaña y salir armado con un hacha, se aproximó un vecino, menos sabio por menos viejo, que me dijo:
- ¿A dónde vas con esa herramienta? ¿Para qué han hecho las motosierras? El trabajo es mucho más fácil y más rápido.
Ya hace no más de tres días, el segundo de ellos se acercó a la huerta y al ver el estado de las vainas, nos dijo (no menos pontificalmente):
- ¿No veis cómo están estas pobres? Se las comen los pulgones. Hay que fumigar.
Preparado el “mejunje” con el que hacerlo, camino de vuelta a la huerta, pasamos por delante de la casa del primero:
- ¿Dónde vais? (con retintín, aires despectivos y acento prolongado de indignación calculada) Yo nunca he fumigado mis vainas. Si una macolla tiene pulgón, arranco esa, sólo esa, y la tiro lejos.
Charlaba yo ayer por la tarde con ambos a la sombra del portal de su casa, cuando empezó a tronar y comenzaron a venir las primeras nubes amenazando lluvia:
- Va a llover. Y bien – dijo el primero.
- Pues iré a la huerta a apagar el riego automático – dije yo.
- Se ha levantado el Norte y aquí, con el Norte, no llueve nunca – dijo el segundo

Bendito sea el Conde Lucanor!!!


Ah!, por cierto. Cayó una buena tromba de agua, no dejo entrar en mi huerta a nadie que sepa algo de cosechas (todos vosotros estáis invitados, por ignorantes) y he pospuesto el asunto de la leña para el otoño ( a ver si entonces están en sus casas).


Por críticas de gentes, mientras que no hagáis mal,
buscad vuestro provecho y no os dejéis llevar.

domingo, 9 de julio de 2017

El cuento de la criada

Acabo de terminar de leer “El cuento de la criada” de Margaret Atwood, y siento la extraña sensación de tener que desembarazarme de ella. Sin perder tiempo.
Escrita en 1985 y publicada en español este mismo año, “El cuento de la criada” es una novela extraña. Es una distopía, que los críticos colocan a la altura de las de Orwell y Huxley, en la que el poder omnímodo y totalitario se traduce en un mundo homófobo, establecido contra las mujeres, tras una radiación tóxica.
He seguido el relato con atención y sorpresa, pero sin “devoción” ni sumisión. Un relato a veces sugerente, a veces inquietante, las más de las veces revelador de dónde podríamos llegar sin forzar la lógica de algunos comentarios y actitudes frecuentes aún entre nosotros hoy.

Sus críticas son muy buenas. Quizás deberíais leer aquí , pero a mí, debo decirlo, no me ha cautivado.

sábado, 17 de junio de 2017

Contra la ola de calor, abanico

Uno había llegado a suponer que no podría escuchar-leer mayores dislates (la ocasión merece semejante palabra) de la boca-pluma de los políticos. Salvando, claro está, la espera siempre atenta al próximo trabalenguas del señor Rajoy. Que de él siempre hay más que esperar.
Y hete aquí que hace un par de días, en medio de una (dicen) enorme ola de calor, “el consejero de Sanidad de Madrid recomienda hacer abanicos de papel contra el calor en las aulas”. ¡Qué maravilla! y ¡qué ocasión perdida!
Si además de ser consejero de Sanidad lo hubiera sido de Educación (o hubieran trabajado los dos en equipo) ésta era la ocasión de proponer una unidad didáctica que implicara activamente a todos los departamentos de las escuelas (públicas).
El departamento de lengua podía haber profundizado en el lenguaje de los abanicos, en la literatura sobre el abanico, la aparición e importancia del abanico en la poesía amorosa…; al departamento de ciencias muy bien le podía tocar encargarse de la relación entre la velocidad de movimiento y el enfriamiento del aire, o de la resistencia del aire al movimiento; el departamento de sociales podía estudiar la relación entre el uso del abanico y las clases sociales y hasta hacer su historia en el tiempo; los de arte podían haberlos coloreado,…
¡Qué grandísima ocasión perdida! ¡Cómo no se le ocurrió!
Quizás la poltrona y el aire acondicionado de su despacho de trabajo (y de su casa) hayan ablandado la capacidad educativa, la imaginación creativa y las ganas de trabajar en  algo nuevo que no esté en los libros, del consejero. ¡Una lástima!
Si podéis llegar hasta ella, os recomiendo la "Carta de una profesora al consejero madrileño de Sanidad sobre los abanicos” publicada en la Tribuna Abierta de eldiario.es.


Y, como de disparates se trata, esta apostilla:
Hoy vuelve a ser primera página en los periódicos ese concejal de Bilbao que ha privado definitivamente de mi voto a su partido. Aquel que proclamó que cualquier vecino de esta ciudad puede cerrar una cafetería. El que multiplicó mi poder ejecutivo hasta límites que nunca hubiera sospechado. Recordad, si queréis, mi entrada en este blog del 19/11/2016 (“Aquí llama un vecino y te cierra un local”).
Pero, antes de ver el periódico, yo ya me había acordado de él, de él y de… A la una de la madrugada, primero, a las tres, después. La culpa era de que mi escasa insonorización y la ligereza de mi sueño (de viejo) no están preparadas para compartir ciudad con esos energúmenos que salen del bar-pub que hay debajo de casa, Esos sí que tienen poder. Cuando ellos quieren yo me despierto, como si fuera una llamada militar a diana.

Bueno, ahora está muy preocupado con el peaje de los coches por la ciudad. Esta vez sí que voy a agradecérselo. Sobre todo si consigue que las carreteras queden libres para que podamos circular los peatones, porque las aceras no son ya para nosotros, sino para todas esas terrazas que, estoy seguro, pagan religiosamente los impuestos de los que cobra el ínclito concejal.

jueves, 15 de junio de 2017

La mujer loca

“- Yo no he leído ningún libro tuyo[…] Gustas mucho a las mujeres, ¿verdad?
- A las mujeres y a los buzos – dice Millás
- ¿A los buzos?
- Sí, hay escuelas de buceo en las que son de lectura obligatoria.”
“- Le entiendo. Creo que le gustaría escribir una novela que el lector reconociera como novela, pero que al mismo tiempo le produjera extrañeza.”
“Siempre quiere estar en el lugar del otro. A veces, se desdobla para ponerse en el lugar de sí mismo”.
“La mujer loca”,  de J.J. Millás, es una novela ¿loca? Extraña, sin duda. Extraña en su estructura, en sus personajes (uno de ellos es el propio autor), en lo narrado…
Está escrita con mucho humor. Se lee de corrida y te mantiene la atención hasta terminarla. En ella tienen cabida los problemas de la palabra hablada y la escrita, del silencio, de la gramática, las reglas, la personalidad de quienes hablan y quienes callan, el psicoanálisis, las relaciones familiares y, de forma destacada, el DMD (Derecho a una Muerte Digna).

Y remendando todos estos asuntos el tema del lenguaje y de su función y los entresijos de su relación con la realidad (la real y la falsa). O sea, eso. Es una novela extraña. No sé si de las aconsejables para el verano que se nos echa encima, o no. Pero, merece la pena recomendarla.

martes, 6 de junio de 2017

La sombra de lo que fuimos

Durante mucho tiempo usé "Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a leer", de Luis Sepúlveda en clase con mis alumnos para trabajar la lengua española y provocar alguna afición por la lectura.

Acabo de leer del mismo autor "La sombra de lo que fuimos" y ésta no podría usarla con ellos. Salvo, quizás, una hilarante escena en una pollería, que abarca casi todo el capítulo dos. (Si no vais a leerla entera y la tenéis a mano, gastad diez de vuestros minutos en este capítulo del que os dejo un trozo más abajo).
"La sombra de lo que fuimos" es un disparate literario (y político, y…) que, si no fuera porque en las últimas páginas pierde fuelle y sorpresas (a mi juicio) sería muy recomendable. Eso sí: para mayores de 50 años, para izquierdistas, izquierdosos y toda clase de “izquierderos”. Y para cualquiera que en aquel tiempo simpatizara con Allende y odiara a Pinochet. El resto abstenerse.

“Trabajaban y ahorraban todos (está hablando de los emigrantes españoles) con la misma idea: regresar a España y abrir un bar, esa idea era obsesiva y cuando estaba con ellos llegué a pensar que el Cid se fue a Valencia con la intención de abrir un bar, y que si en el resto del mundo la historia de la sociedad era la historia de la lucha de clases, en España era la historia de los dueños de bares y los clientes, algo que se les pasó por alto a Marx y a Engels e hizo de ellos dos filósofos bajo sospecha de abstemia”

Sobre los desaparecidos en Chile tras el golpe de Pinochet: “La vida se llenó de agujeros negros y estaban en cualquier parte, alguien entraba a la estación del metro y no salía jamás, alguien subía a un taxi y no llegaba a su casa, alguien decía luz y se lo tragaban las sombras”.

viernes, 2 de junio de 2017

Novelas "de verano"


Tarde de tormentas. Varias tormentas seguidas que están dejando una buena cortina de lluvia y la obligatoriedad de quedarme encerrado en casa.

Aprovecho para ajustar cuentas con un par de novelas leídas últimamente. Por si alguien necesita irse aprovisionando para el verano con novelas cortas y “fáciles” (¿intrascendentes?), de esas que le permiten a uno cogerlas a la hora de la siesta y echar un sueñecito en medio de la lectura. Empiezas, te duermes, y, al despertar, sigues leyendo como si tal.

Ninguna de las dos da para más, pero tampoco para menos: “No me toques” de Camilleri (esta vez sin Montalbano) y “En medio de la muerte” de Lawrence Block, un thriller con todos los ingredientes clásicos del género.

domingo, 28 de mayo de 2017

Bajo el árbol de los toraya

Se tarda en saber si se ha cogido una novela para leer, si habrá un relato construido o si estamos leyendo algo así como un tratado sobre culturas extrañas, aderezado con una especie de autobiografía del investigador.
“Bajo el árbol de los toraya es una de esas novelas (que lo es) que habría que leer despacio, sin prisas, parando para entrar en muchos temas, para responder a una introspección provocada: Philippe Claudel, a través del protagonista (y narrador) hace un canto hermoso a la amistad, profundas y sencillas reflexiones sobre la pareja, el envejecimiento, la visión que tiene uno de sí mismo,… La muerte siempre ahí. Y la vida.

Novela para viejos, para sesentones. Aunque ojo, es él quien dice: “los cincuenta son la vejez de la juventud y los sesenta la juventud de la vejez”.
Novelita (por lo corta)- novelaza (por su densidad y su magnífica forma de expresarse. No llegaría a darle la categoría de “novelón”. Os dejo algunas perlas:
“Nuestro mundo vive de espaldas a la muerte. Los toraya lo han convertido en el centro del suyo. ¿Quién tiene razón?”
“A veces el silencio parece el diálogo profundo de quienes se comprenden.”

Así dice de su madre, anciana y con la cabeza “perdida por la enfermedad y la edad: “Que ella habita en un universo del que lo ignoro todo, en el que no sé si existen el sufrimiento, el dolor, el placer, los sueños, los recuerdos, el tiempo, y que ella tampoco sabe nada del mío, no puede comprender de ninguna forma lo que experimento, lo que siento ni cómo es mi vida”

viernes, 19 de mayo de 2017

Escenas en la ciudad

Mucho sol y calor, luego agua, mucha agua, y, parece, vuelve el calor mañana: primavera loca.
La primera y más repetida escena contemplada-oída estos días de ciudad es ese diálogo:
- Esto no había pasado nunca. No me extraña que estemos todos con catarros, gripes,… si es que uno no sabe ya ni qué ponerse
- Es verdad. El tiempo está loco.
Lástima que fuera el mismo comentario de la primavera anterior y de la anterior y de… Lo inmediato nos hace olvidar lo que está un poco más lejos (no mucho). Y nos creemos el tópico, éste y otros muchos.

Sí me está pareciendo verdad lo que comienza ya a ser un tópico:
- Cada año hay más terrazas en las calles. Cada año resulta más difícil andar por la acera y mira que las están agrandando continuamente…
- Pues sí. Tendremos que empezar a ir por la carretera.
El año pasado era un abuso. Este año lo es más. He estado a punto de fotografiar atascos mayores que los de los metros japoneses en medio de la calle Santutxu, atascos provocados por una cadena de sillas y mesas con “terracistas” sentados y con “terracistas” charlando alrededor. Menos mal que nuestro ayuntamiento se estará forrando a impuestos y los nuestros bajarán.
Para que también podamos sentarnos a echar una cervecita.

Y, en un momento-espacio en el que se me abrió el campo de visión, esta vez en el centro de Bilbao, hete aquí que veo un torero. Sí, un torero. Vuelta a las ganas de sacar fotos, pero el respeto me lo impidió.
Estábamos un poco lejos y, aunque tuve que desviarme un trecho de mi destino, no pude resistir la tentación de pasar cerca de él para contemplarlo. A medida que me acercaba, al traje de luces, a las zapatillas toreras y a la montera se le iba añadiendo un objeto extraño en la mano del torero: una especie de maletín de ejecutivo.
Picado por la curiosidad me aproximé lo suficiente como para leer lo que rotulaba esa especie de maletín: “El torero moroso” – decía.

Que la vida cambia, que los jóvenes son diferentes me lo ha demostrado esta mañana una “chiquita”. Estaba yo en una plaza, esperando a que mi perra acabara con sus cosas, cuando me ha mirado desde donde estaba sentada y, sin levantarse, me ha dicho:
- Oiga, por fa, …
No he dudado de que iba a pedirme un cigarro. Pero, no. La frase ha continuado así:
- … no podría usted dejarme un móvil para hacer una llamadita de un minuto?
Evidentemente, los jóvenes ya no fuman.
Aspecto que presentaba el hall del Guggenheim

Y, volviendo a las aglomeraciones, como ayer era el día de los Museos, me fui al Guggenheim a media tarde. Para mi sorpresa había tanta gente (o casi) como en las terrazas. Señal evidente de que lo que echa para atrás a la hora de visitar museos es el precio (12 euros entrada al G.)


Feliz finde.

domingo, 14 de mayo de 2017

Restos mortales

Venía anunciándolo en este blog. Las dos últimas novelas de Donna Leon me hacían prever que Brunetti sería el segundo poli a “jubilar”, tras el Montalbano de Camilleri (aunque a éste le voy a dar un última oportunidad, otra última).
Así que tampoco será una sorpresa que haya abandonado “Restos mortales”, la, por ahora, última novela de D. Leon. Contra mi criterio (como es mío lo rompo cuando quiero) de dejar estancada una novela si en la página 40 aún no ha sucedido nada que me enganche, he llegado hasta la página 62. Pero, ya no va más.
Aquí acabo.
Y me surgen dos reflexiones: ¿Qué pasará con P. Markaris y con Kostas Jaritos?, ¿aguantará aún un par de historias más? Ya la última anunciaba su fin. Con ello, se derribaría ese triángulo tan fuerte en mis “primeras” lecturas de novela negra: Márkaris-Camilleri-Leon. O sea, ¿tan viejo me he hecho?
O, ¿es que los novelistas (ellos, que no sus polis) no saben cuándo jubilarse? Y esa sería la segunda reflexión. Ese triángulo suma hoy la friolera de 247 años ( 80, 92 y 75 respectivamente). ¿Serán incombustibles? Supongo que a todos nos cuesta dejar determinados trabajos, porque sus economías, sigo suponiendo, no precisarán de los ingresos de nuevos capítulos de sus series.

En fin, ¡¡¡honor y gloria para los viejos!!! Y, en cuanto sea posible, ¡¡¡ larga vida!!!

viernes, 5 de mayo de 2017

Noticias sobre la enseñanza

Hoy en el periódico, de nuevo una página entera llena con dos noticias sobre educación. Bueno, mejor dicho, sobre la organización administrativa de la enseñanza. Que no es lo mismo.
De nuevo suenan tambores de guerra entre los sindicatos y llamadas a la huelga del personal trabajador en la enseñanza. Mi memoria aún recuerda que, salvo algunas “fantochadas” de los sindicatos, la mayoría de las convocatorias a una huelga eran muy serias, señal evidente de que las cosas ya no podían seguir así, después de mucho aguantar.
Y si los docentes llegaban a la huelga, aquello no era un juego de niños. Era aquella una decisión muy complicada y difícil de tomar. Los alumnos no se quedaban sin clase por cualquier cosa.
Hoy reconozco que ya no tengo datos, ni los busco. Que me conformo con poco más de lo que cuenta la prensa y que me suena lejano el problema. Pero, supongo que las posturas no habrán variado demasiado.
De nuevo los padres ponen en duda las decisiones de la Administración y levantan su voz y sus quejas. Esta vez en Portugalete, en la pública, y porque a sus hijos de 4 y cinco años, por una parte, y de 9 y 10, por otra (calculo) los quieren juntar en el mismo aula.
Los viejos recordamos –dicen- cosas muy “extrañas”. Así que en seguida me ha venido al recuerdo mi primera escuela. Yo comencé (nunca ya estaré seguro) a los tres o a los cuatro años (lo que no era nada habitual entonces) por privilegios (?) de la amistad: mis padres y las maestras eran amigos. Aunque supongo que en aquel barrio, en aquellas fechas, todos se conocían y todos podrían disfrutar de semejantes privilegios (?).
En aquella escuela, desde el comienzo hasta los 14 años había tres “grados”, tres maestras y tres aulas, que se repartían no sé cómo los alumnos y alumnas (era mixta).
A los diez años yo había pasado por dos de aquellas etapas y, para hacer bachiller, fui a un colegio (privado), en el que los alumnos que no cursaban bachiller se repartían en cinco grados que cubrían toda la edad escolar (las clases ya no eran mixtas).
Aquella primera escuela de barrio (que creo recordar era privada – por supuesto, de una empresa: La Naval), muy semejante a las que ahora funcionan en ámbitos rurales, ¿era desdeñable?. Voy a ir más lejos: ¿era menos adecuada para la educación que las “normales”, las que estamos acostumbrados a ver?
Lejos de mí reivindicar situaciones pasadas que han sido mejoradas a partir de la lucha de padres y profesores. Lejos de mí suponer que el pasado fue mejor y que los que hoy protestan son unos vociferadores sin cabeza.
La organización escolar ha mejorado con el tiempo. Pero, posiblemente, en algunos aspectos, su evolución no es, del todo, la deseable.

Cuando imperativos económicos “obliguen” a tomar decisiones que recortan lo que se ha adquirido a lo largo del tiempo, es necesario hacer que los recortes se dirijan a los aspectos más negros de nuestra sociedad (ejército, grandes fortunas, …) y, al mismo tiempo, despertar la imaginación y trabajarla para conseguir lo que de verdad importa: que nuestros niños crezcan en libertad, en amistad, en disfrute de la vida, en comprensión, en compromiso, en… , aunque tarden un poco más en llegar a la trigonometría y el análisis lingüístico.
Buen finde para los que estáis en ello

viernes, 28 de abril de 2017

La vida negociable

Deliciosa a ratos, disparatada unas veces y cuerda, muy cuerda, otras; descacharrante y para echarte a llorar a partes iguales; juguetona, narrada en primera persona a modo de novela de pícaros, … “La vida negociable”, de Luis Landero, me ha gustado tanto que no dudaré en afirmar que su capítulo 6, por ejemplo, debería ser texto interdisciplinar de “estudio” obligatorio en tercero de la ESO: en conocimiento del medio, en lengua y literatura, en ética, en psicología, en orientación profesional y hasta en matemáticas.
Así que sólo añadiré un párrafo que nos explica algo de la obra general de Luis Landero y varios otros que he entresacado de su novela:
“Sus libros se han comparado con la obra cervantina, por su estructura tradicional, en una época en la que parece que todo debe ser experimentación o ligereza, por el lenguaje elaborado, por la ironía y cariño con que analiza las fantasías, anhelos e ideales de la gente de su generación, una mayoría gris y silenciosa a la que se exige el triunfo mundano como sea.”

“No me lo podía creer. No podía creer que mi padre, el más acabado modelo de honestidad, tan rezador y comulgante, y de principios tan estrictos, estuviese metido en un turbio negocio de tejemanejes, de comisiones, escamoteos, falsificaciones y fraudes, con la complicidad de porteros y contratistas, jefes de obra, obreros, alcahuetes, proveedores, inspectores de urbanismo, y hasta algún presidente de comunidad de vecinos, de modo que entre todos formaban una red de delincuentes, de pequeños criminales, que a su manera eran poderosos, como si gobernasen a su antojo un modesto reino en el que ellos formaban la aristocracia, y cuyo monarca era mi padre, urdidor y coordinador de toda aquella trama.
            Y de ese modo me fue enseñando cómo amañar adjudicaciones de obras, cómo apropiarse de fondos de la comunidad con cargo a gastos inexistentes, cómo distraer dinero de las tasas, cómo poner y quitar presidentes de comunidad, cómo emprender obras inútiles, raras o ficticias, o cómo inventar problemas que luego él y los suyos resolvían y cobraban, ganándose de paso el respeto y la gratitud de los vecinos, y así otras muchas cosas de ese estilo.”
“Todo empezó cuando un contratista me ofreció un habano, y ya puestos”, y como era la hora de comer, me invitó también a comer […] Hasta que llegó el momento fatídico en que me dije: Si no lo haces tú lo hará otro, y cedí ante aquel argumento tan razonable y tentador”.
Así le educa su padre: “Mira, Huguito, en la vida todo es negociable, y también con Dios, digo yo, se podrá negociar. Hay que aprender a convivir con el mal, y en este negocio mío y que pronto será tuyo, piensa, como yo lo pensé en su día, que si no lo haces tú, otro lo hará por ti, de modo que con tu virtud no evitas el mal; al contrario, aceptándolo, puedes paliarlo en parte, contenerlo, hacerlo más venial y más humano, y ese, a su modo, es también un servicio que se le presta a Dios, que todo lo ve.”
“Y ahora entra en escena otra vez el silencio, su majestad el silencio, el que a veces te obliga a decir lo que no quieres y a callarte lo que anhelas decir, el urdidor de equívocos, de esperanzas, de angustias, de culpas, de las más fantásticas sugerencias e hipótesis, espada que hiere y elixir que alivia, cornadas de grillo que a veces son mortales, escaparate y trastienda donde ocultarse o exhibirse, albergue donde descansar y laberinto en el que extraviarse, el comediante de las mil caras, el único capaz de decir lo indecible, el histrión desvergonzado al que no le importa hacer público lo inconfesable sin miedo ni rubor, el mago que convierte lo claro en turbio y lo inescrutable en evidente, el que con más secreta elocuencia nos define, porque tanto o más que por nuestras palabras los demás nos conocen e intuyen por nuestros silencios.”
“Esta historia es como mi vida, un completo absurdo”

“Con los años uno se acomoda a lo que hay, negocia con uno mismo y con el mundo, porque, como bien decía mi padre, todo en la vida es negociable, ahora comienzo a comprenderlo, ahora que empiezo a vivir en el presente sin otra patria que el presente. Quien sabe, quizá aceptando mi fracaso, es decir, aceptándome, consiga, si no ser feliz, al menos un poco de sosiego y de paz.”·
Tendremos que perdonarle que le atribuya el famoso "eureka" a Pitágoras