miércoles, 22 de noviembre de 2017

Suicidio asistido

Si tu pareja, tu hijo, o tu amigo te repiten que ya no pueden más, que no aguantan tanto dolor, y, sobre todo, que nada les une ya a una vida de sufrimiento, vacía, sin esperanza ni futuro.
Si tu pareja, tu hijo o tu amigo, te suplican que acabes con su vida, que los mates porque ellos no pueden ni hacerlo.
¿Qué harías? Yo lo tengo muy claro. Ahora no se si llegado el momento sería capaz, tendría semejante valentía, pero hoy por hoy, hoy que no es más que una pregunta retórica, lo tengo ciertamente muy claro.
Y entonces, lees la noticia: J.A. G.L. ha sido condenado a siete años de prisión por matar a su madre. Y sus palabras: “Quitarle la vida a la persona que más quiero es un peso que voy a llevar toda mi vida”.
La justicia (la misma justicia injusta de siempre) lo ha condenado a siete años, pero el día que mató a su madre él ya se había condenado de por vida a vivir en la cárcel de su acción.
La pregunta surge inmediata: ¿hasta cuándo alguien habrá de enfrentarse a solas con semejante trance?; ¿hasta cuándo una justicia justa no regulará estas situaciones, que se harán cada vez más habituales?; ¿para cuándo establecer socialmente (es decir, entre todos) las condiciones idóneas para un suicidio asistido?
No será fácil la regulación. Hay muchos problemas por el camino. Por supuesto. Pero hay que empezar. Ya.
Si algún partido quiere mi voto en las próximas elecciones que sepa que irá para aquellos que se comprometan a empezar las gestiones que nos hagan avanzar rápidamente en este terreno.

Y si nadie escucha esta demanda, habrá que “meter ruido”, Los “viejos activos” tenemos aquí un gran “campo de trabajo”.

martes, 14 de noviembre de 2017

Problemas de viejos

Era una conversación intrascendente, de las que se tienen tomando una caña.
En un momento que ahora no lograría aislar, sin que yo recuerde por qué, él se dirigió hacia mí y (poned aquí tono de voz de “condescendencia con el abuelete”) me dijo:
- Pero si vosotros no tenéis ningún problema. Loa mayores tenéis todo resuelto ya.
Pude repetir por enésima vez un encogimiento de hombros, una sonrisa forzada y un silencio aquiescente (ese bajo el cual escondo muchas veces un “será gilipollas este tontodelculo”).
Pero, no. Debía andar yo caliente, y eso que aún era la primera caña de la tarde. Así que el discurso me salió fluido, sin cortes, sin que nadie se atreviera a interrumpirme:
-Pues mira, por ponerte algún ejemplo: la corrupción política; la inflación, el paro y la precariedad del trabajo; el agudizamiento de las desigualdades sociales; el auge de la ultra derecha; el aumento del número de pobres; el elevado riesgo de exclusión social; el control de la economía por las grandes fortunas, las multinacionales y los bancos; la escasez de vivienda a precios asequibles; un sistema de educación clasista y utilitarista; la desigualdad de las mujeres, de los inmigrantes, de los menores excluídos; la polución y el cambio climático; la discriminación de las minorías étnicas; el encarecimiento de la electricidad y la gasolina; la poca credibilidad de la prensa; los modelos a imitar que nos propone la televisión; el escaso compromiso con el cambio de todo lo que antecede; …
(Silencio)
O, ¿es que nos habéis echado fuera de esta sociedad?
(Más silencio)
Claro que luego tenemos problemas que parecen ser más específicos de los viejos: la devaluación progresiva de las pensiones; pensiones “de risa”; la escasez de residencias; unos servicios sociales pobres y poco profesionalizados; la ayención tardía y deficiente de Osakidetza;…
Pero, estos son problemas que los de 30, 40 ó 50 años compartís con nosotros, ¿no? O, ¿de quién tiráis para aguantar vuestras crisis y necesidades? o ¿quiénes nos vais a aguantar cuando llegue el tiempo de hacerlo?
(Más silencio. Todo silencio)
¿O crees que la primera vez que me pagaron la pensión de jubilación, me dieron el título de “el tonto del pueblo”?

La tertulia en torno a la caña se había echado a perder, así que me levanté y me fui. No sin antes haber pagado mi consumición.

Aviso para sociólogos: muy pronto, si no ya ahora, el tramo de edad “65 años y más” no servirá para afinar en los análisis de la realidad. No estamos para semejante reducción.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Otra de viejos

Desde hace ya más de un mes parece insolidario, “intemporal”, y hasta casi imposible, escribir de otra cosa que no sea Catalunya.
Pero, salvo algunos ratos (demasiado largos, a veces) y algunos trozos de mí mismo, mi solidaridad, mi inmersión en el tiempo y mis posibilidades (elegidas) han girado en torno a las “personas mayores”, que dicen ellos, o sea “viejos”, que digo yo.
En realidad es algo mucho más importante, presente y decisivo, como lo son otros tantos asuntos “olvidados” en el agujero tramposo de una actualidad dirigida: la corrupción, a favor de quién se van a hacer los presupuestos de este año, aquí y allá (si se hacen); el pacto escolar y las líneas maestras de la educación que se están trabajando en Euskadi; el paro (130.000 parados en el País Vasco); la huelga de Bershka (y alguna otra) (mientras Amancio Prada obtiene unas ganancias de 1.256 millones de euros en dividendos, solo en 2017). Sin olvidar la triste marcha del Bilbao Basket.
Volvamos. A lo que importa ahora. Resulta que llevo un par de meses liándome (a poquitines) en Hartu-emanak (una asociación de “mayores” empeñados en procurarse y promocionar un envejecimiento activo.
Las personas mayores de 64 años somos muchas y cada vez más. Sólo en Bizkaia hay más de 230.000, es decir: uno de cada cinco bizkaínos.
Y cada vez duramos más en esta condición: que la esperanza de vida pasa ya de los 80 años. Si tuvierais tiempo (¡ja!) y ganas para asistir a alguno de los encuentros de estas gentes veríais que es verdad que muchos “estamos hechos unos chavales”.
Así que nos planteamos que, pasados los 64 años y salidos (algunos dicen que sacados, pero allá ellos, que yo me he salido muy a gusto) del mundo del trabajo productivo (productivo, sobre todo, para los que lo mangoneaban), nos quedan una porrada de años por delante, que no podemos perderlos, que no podemos dejar de ser tan personas como lo fuimos o lo quisimos ser, que no podemos ser, exclusivamente, una carga para las generaciones siguientes, que tenemos un montón de riqueza acumulada en experiencia, que… No os imagináis cuántos “ques”. Porque ahora tenemos tiempo, mucho tiempo, para pensar, discutir, escribir,…
Voy a dejar este rollo aquí. Citando a Enrique Gil Calvo. Suyas son las palabras que siguen: “Contra la tentación del retiro pasivo todavía dominante, cuando se acerca el final de la vida queda una última tarea pendiente a realizar de forma intransferible, que es envejecer con autoridad, respeto ajeno y propio orgullo, para de esa forma poder morir más tarde con dignidad”.
Es lo que comúnmente viene llamándose envejecimiento activo.
Aunque ya he escrito sobre esto de forma suelta en otras entradas, no quisiera que nadie se enfadara ni se me “querellara” por el asunto de los “viejos”. Sabéis que me gusta definirme como viejo. Trato de explicarme a continuación.
Me ha costado casi una vida llegar a viejo.
Y en cuanto creí haber llegado, comencé a oír voces (muchas voces) que me lo recriminaban porque “viejos son los trapos”, “viejas son las cosas”, pero “las personas no somos viejos”.
Tuve que preguntar qué era yo, entonces, a dónde había llegado.
Unos me dijeron que era una persona mayor: Pero yo ya era “mayor desde el año 1950, cuando nació mi hermana, que me hizo “el hermano mayor”.
Otros me dijeron que yo  era un jubilado: Eso era cierto. Yo venía del mundo del trabajo, y lo acababa de dejar. Pero, mientras estuve trabajando, salvo en determinadas circunstancias,  no me definía a mí mismo como un trabajador. Lo era, pero había definiciones  de mí mismo más importantes, más interesantes: padre, esposo, amigo, ciudadano,…
Por fin, unos terceros me dijeron que había entrado en la tercera edad: ¿En la tercera? – dije. ¿Y, cuáles son las dos anteriores? Yo había oído hablar de niñez, adolescencia, juventud, madurez y ahora resultaba que estaba todavía en la tercera. ¿Cuál era la tercera? Y, además,  aquello me sonaba a “Tercer mundo”. Y no me gustaba.
Como nada de lo que me decían me convencía me fui al diccionario de la Real Academia y leí:
 viejo, ja
Del lat. vulg. veclus, y este del lat. vetŭlus, dim. de vetus.
1. adj. Dicho de un ser vivo: De edad avanzada. Apl. a pers., u. t. c. s. (usado también como sustantivo)
 Y seguían otras veinte acepciones que no vienen al caso.
Era lo que yo pensaba de mí mismo: “soy de edad avanzada” Así que empecé a reivindicar el título de viejo. Sólo para mí. Hay otras personas de edad avanzada a las que ese título no les gusta, les irrita, incluso les parece ofensivo. A ellas no las llamo nunca viejos.
Y cuando creía tenerlo claro, llega todo este asunto del “envejecimiento activo”.
O sea, vamos, que resulta que estoy envejeciendo continuamente. Desde que nací estoy metido en un proceso que no va a acabar nunca, hasta la muerte. Todo el día metido en un proceso que no tiene fin, que nunca llega a ninguna situación estática. Más o menos, sería como estar todo el tiempo yendo a la playa, pero sin llegar nunca. No me gusta demasiado.
Así que voy a seguir reivindicando para mí el estatuto de viejo, y, si encuentro otros como yo, intentaremos formar entre  todos  un movimiento de viejos activos.

Otro día os cuento sobre los viejos catalanes.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Taxi

Creo que “Taxi” es otra gran novela de Carlos Zanón.
Su lectura me ha presentado dos dificultades (que no he podido salvar): de una parte la cultura musical de la que hace gala y que a mí me falta me ha hecho suponer que estaba perdiendo matices en algunas ocasiones. De otra parte (una vez más) el desconocimiento de la geografía de Barcelona no me ayudaba, en otras ocasiones, a situarme en los largos (o, quizás, cortos) viajes del taxi y del taxista.
Escribir ahora sobre ella, añade una tercera dificultad: no sabría situarla rotundamente en ningún género de novela: tiene de novela amorosa, psicológica, road movie, negra, de aventuras,…

Pero esto último, pienso, no es negativo. No hace que la novela desmerezca ni un poco. Su creación de personajes, no sólo ese taxista apodado Sandino, sino también alguna de las mujeres que rodean su actividad diaria, ese Jesús (carpintero, hijo de María y nieto de Ana), los “malos”; el cambio de punto de vista, cambiando el narrador o los receptores del relato; su intriga y la “velocidad” que imprime a una narración que no quieres abandonar hasta el final;… y alguna otra virtud, me hacen afirmar que “Taxi” es un novelón que no deberíais dejar pasar por alto.
Esta sí que es una novela y no lo de Puigdemont vs. Rajoy

sábado, 14 de octubre de 2017

Subsuelo y otras


“Subsuelo” de Marcelo Luján es un relato pleno de suspense, que, además de leerse “de una tirada”, pide la colaboración activa del lector para ordenar una y otra vez la cronología y la particular visión que de lo que sucede tiene cada personaje.
Se trata de un estilo muy cuidado, enormemente atractivo, que te agarra y no te suelta y que, sirve de soporte a una historia dura, pero sugerente, oscura, pero capaz de penetrar en el “alma” de quienes tienen que vivirla.
Todo ello enmarcado por una atmósfera cerrada, opresiva e inquietante.
De las de recomendar vivamente.
No puedo decir lo mismo de las dos novelas que empecé antes de ella: “El libro de los espejos” de E. O. Chirovici me ha resultado un “petardo” soso, de esos que ni fu ni fa.

Y “Prólogo para una guerra”, de Iván Repila me ha resultado inabordable, no he podido con ella… y lo he intentado. ¡Qué le vamos a hacer! Debe ser muy buena, pero todos no estamos preparados

domingo, 8 de octubre de 2017

Malas noticias a la hora del desayuno

Escribo en caliente, o al menos “en noticias recientes”. Sin dejar paso al poso. Sin esperar a que se aclare nada. Sin tregua a que el pensamiento tranquilice a la emoción. Con la urgencia (nada urgente para mí) de dar palabra a algunos sentimientos que están aflorando entre gente que me es muy querida… y respetada.
Me he desayunado con la noticia de que el Centro Formativo de Otxarkoaga (para mí, siempre Escuela Profesional de Otxarkoaga = EPO) está siendo investigado por un presunto fraude en la contratación de los cursos para parados de Lanbide.
Claro que, cuando alguien se ha hecho viejo, sabe perfectamente quiénes son los investigados, que la EPO no es más que una forma de nominar a nadie en concreto, pero que tiene quien controla sus mecanismos porque es de su propiedad. Suena un poco mal decirlo así, pero así es.
O sea, los investigados son unos señores concretos, con nombre y apellido, que actúan desde dentro (y desde fuera)  en nombre de la entidad propietaria.
Creo conocer suficientemente a los que allí siguen como para afirmar que ninguno de ellos se ha hecho rico aún. Y creo tener los suficientes conocimientos acumulados sobre la “naturaleza humana” (ya sabéis que no existe, que el hombre es historia) como para no tener ninguna duda de que Robin Hood, cuando robaba, no lo hacía exclusivamente pensando en los “pobres”. Por algo “el príncipe de los ladrones” volvió a ser Sir, mientras los “pobres” siguieron siendo pobres, después de acabar con los déspotas.
Y, por cierto, la ley del sheriff de Nottingham y del príncipe Juan sin Tierra era ley, pero tampoco era justa. No,  si se entiende la justicia de forma distinta al aparato que utiliza la ley para convertirse en tela de araña.
A la hora del almuerzo (sigamos en ambiente inglés) me han llegado un par de wasshaps  (si hay faltas de ortografía no os paréies en ellas y seguid con lo importante) de gente que sigue dando el callo allí adentro.
Cito textualmente: “Después de un montón de años ahí, éstos se están cargando todo lo hecho mejor o peor. Y ni pestañean.”
Éstos, me temo, no juegan su partida, sino la de otros. Éstos, me temo, no son los iniciadores, sino los continuadores de algo que viene de más lejos.
“Q pasada!
Q vergüenza!”
Así escrito. En la forma de escritura de los mensajes por móvil.
Es una pasada. La vergüenza… la vergüenza espero que la estén sintiendo “éstos”. Aunque no me fío ni un pelo de que así sea. Habrá balones fuera, habrá “no se ha entendido bien”, habrá “igual cometimos algún error”, habrá “no podemos llegar a todos los detalles administrativos y se le habrá colado a…”, habrá… Los “habrá” son tan incontrolables, la mente de los humanos tiene tal capacidad de engaño y de autoengaño, el lenguaje admite tanta cantidad de juegos, que lo que no habrá será culpables, ni giros en la dirección hacia la que se camina, ni claridad, ni…, cuando menos, alternancia en los responsables de que la EPO vuelva a ser uno de los lugares más indicados para que aquellos, que han sido maltratados permanentemente, desde niños, por el sistema educativo puedan resarcirse, demostrar lo que valen, educarse mientras educan a sus educadores, y salgan al mundo del trabajo con la suficiente preparación como para no estar condenados a ser siempre, eternamente, la carne de cañón que nuestra industria o nuestro comercio necesitan para que, quienes tienen el capital, sigan forrándose impunemente.
(Me estoy dando cuenta de que esto de los puntos suspensivos es una gozada; permite no tener que terminar nada y dejároslo a vosotros. Como en “Patria”).

Así que termino en puntos suspensivos, es decir, en la invitación abierta a que no calléis…

miércoles, 4 de octubre de 2017

Desde la rabia

Tristeza y preocupación son las dos palabras más dichas, leídas, escritas o escuchadas desde hace unos días. Expresan sentimientos que abundan en este momento y que comparto. Como cualquier hombre o mujer de bien.
Así que no “abriré” mi blog para repetirlas. Permitidme que escriba desde la rabia. Que también es abundante en estos días.
Hubiera escrito de otra manera, hubiera abundado más en la tristeza y la preocupación, si hubiera visto que el que llevaba la porra era Rajoy y el que recibía el golpe Puigdemont. O viceversa que tanto monta, monta tanto. Pero no. Los dos habían mandado sus tropas y ninguno estaba en primera línea de fuego. Como siempre, vamos.
Si el uno supiera lo que significa pegar al de enfrente, desarmado o armado exclusivamente con la palabra, si sintiera como sus nervios se encauzan a través de una porra de goma; si el otro supiera, durante un montón de días, lo que duele un porrazo, lo que siente cuando es humillado en sus propias carnes porque sólo tiene la palabra, entonces otro gallo nos cantara.
Igual hasta se sentaban a tomar un café antes del combate.
Creedme que no es una anécdota falsa el que un “señor” el sábado pasado me dijera, todo entero, que él no iba a Cataluña porque ya había mandado sus tropas. Y sonreía, y se creía gracioso, y pensaba que había hecho la frase de la semana o del mes.
Pero, para anécdota lo que sigue. No puedo citar textualmente, pero aseguro que lo que voy a contar no se aleja ni un ápice del sentido de lo ocurrido: el domingo vi televisión durante muchas horas, tratando de seguir lo que ocurría en Cataluña. En un momento dado, en La Sexta, un invitado, que en los subtítulos apareció como escritor y filósofo, dijo, más entero aún que el “señor” del párrafo anterior,  que lo que había que hacer a continuación era declarar unilateralmente la independencia… y mandar a los mossos a defender la nación.
- ¿Cómo? ¿Quiere decir con armas, fusiles, ametralladoras…? – preguntó el presentador
- Claro – respondió el invitado. En todo caso, nosotros no seríamos los primeros en disparar.
Escritor puede ser cualquiera. Es tan fácil. Basta con un papel y un lapicero. Aunque quizá debería haber puesto debajo “escribiente”. Pero, filósofo,… amigo de la sabiduría,… Aquel individuo tenía muy poco de asemejarse a un amante de la sabiduría. Como mucho a un amante abandonado y despechado…
Y, con toda la rabia apoderándose de mí, le deseé únicamente que, si llegaba el caso, estuviera en primera línea de combate, que entre él y su enemigo no mediaran más que las armas que ambos portarían y… que no fuera él el primero en disparar.
Luego recordé que: “La guerra que vendrá no es la primera. Hubo otras guerras. Al final de la última hubo vencedores y vencidos. Entre los vencidos, el pueblo llano pasaba hambre. Entre los vencedores, el pueblo llano la pasaba también”. Bertolt Brecht sí fue un escritor. Posiblemente, incluso fue filósofo.

Cuando buscaba su poema para citarlo, esta vez sí, de manera textual, encontré esta cita de Paul Valery (que también lo fue): “La guerra es una masacre entre gente que no se conocen (¿el guardia civil y la anciana catalana?) para provecho de gente que sí se conoce (¿presidente de España y president de Catalunya? o, quizás, por poner un ejemplo, ¿presidente de BBVA y presidente de Caixa?) pero no se masacra.” (Los paréntesis son míos, por supuesto y los personajes no tendrían nombre por ahora, aunque se pueden buscar).