sábado, 22 de julio de 2017

Lawrence Block


Acabo de leer dos novelas de Lawrence Block. Las dos primeras aventuras de su “no-detective” Matt Scudder:  Los pecados de nuestros padres y Tiempo para amar, tiempo para matar.
Ya en la primera de ellas, había quedado claro que Scudder, ex-poli, no era un detective. En la segunda de ellas, lo dice con toda claridad:
“- Así que, ¿qué haces?. ¿Eres una especie de detective privado, eh?
- No tengo licencia. A veces hago favores a gente y me lo pagan”
Son novelas de corte clásico, de esas de detective (o no-detective) resuelve crimen. Y por el camino, junto a la intriga, un hombre descreído, bebedor, extraño, con unas fidelidades especiales, sin familia (aunque un día la tuvo), sin arraigo en casi nada,… un hombre realmente interesante.
Un hombre hurgando en una realidad que no le gusta y que muchas veces da por sentada que sólo se puede vivir en ella o siendo un chantajista o un chantajeado. Esta realidad:
“El nuevo alcalde estaba teniendo problemas para nombrar a su vicealcalde. La comisión de investigación había descubierto que los posibles candidatos eran gente involucrada en diferentes e interesantes tipos de corrupción. Había una solución evidente y el alcalde daría con ella tarde o temprano. Iba a tener que deshacerse de la comisión de investigación.”

Se leen con mucha facilidad, son un interesante “divertimento”, apto para el verano (y para el invierno), que siempre van un poco más allá del puro dejar pasar las cosas. Además están bien escritas y tienen algunas cargas de profundidad más que interesantes.

miércoles, 12 de julio de 2017

Por críticas de gentes

Hay un cuento (leer aquí) del Conde Lucanor (“Lo que sucedió a un hombre bueno con su hijo”), que siempre me ha gustado mucho, con una cierta frecuencia lo utilicé en mi labor educativa, y parece de rabiosa actualidad. Hoy y ayer, y…
Esa es la riqueza de los cuentos “inmortales” y a mí ya me gustaría contar como él.
Quizás, si os habéis ido al cuento y lo habéis gustado, la prosa que sigue (la mía) no tenga demasiado interés, pero si os ha despertado una cierta curiosidad, debo decir que el cuento viene a cuento (valga la redundancia) por algunas escenas repetidas recientemente,  que me lo han traído a la memoria:
Con la disculpa de preparar el invierno próximo sigo enganchado a la recolección, corte, y almacenamiento de leña. Realmente se trata más bien de un invento de última hora de quienes venimos (y somos) de ciudad y que ya no tenemos vacaciones (porque no tenemos trabajo). Invento que se llama: mantenerse activo.
En esas estaba yo, cortando leña con la motosierra, cuando uno de los más viejos del lugar acertó a pasar por allí y, después de mirarme desde su milenaria sabiduría, me dijo pontificalmente:
Eso mejor se hace con el hacha.
En lo que tardé en entrar en la cabaña y salir armado con un hacha, se aproximó un vecino, menos sabio por menos viejo, que me dijo:
- ¿A dónde vas con esa herramienta? ¿Para qué han hecho las motosierras? El trabajo es mucho más fácil y más rápido.
Ya hace no más de tres días, el segundo de ellos se acercó a la huerta y al ver el estado de las vainas, nos dijo (no menos pontificalmente):
- ¿No veis cómo están estas pobres? Se las comen los pulgones. Hay que fumigar.
Preparado el “mejunje” con el que hacerlo, camino de vuelta a la huerta, pasamos por delante de la casa del primero:
- ¿Dónde vais? (con retintín, aires despectivos y acento prolongado de indignación calculada) Yo nunca he fumigado mis vainas. Si una macolla tiene pulgón, arranco esa, sólo esa, y la tiro lejos.
Charlaba yo ayer por la tarde con ambos a la sombra del portal de su casa, cuando empezó a tronar y comenzaron a venir las primeras nubes amenazando lluvia:
- Va a llover. Y bien – dijo el primero.
- Pues iré a la huerta a apagar el riego automático – dije yo.
- Se ha levantado el Norte y aquí, con el Norte, no llueve nunca – dijo el segundo

Bendito sea el Conde Lucanor!!!


Ah!, por cierto. Cayó una buena tromba de agua, no dejo entrar en mi huerta a nadie que sepa algo de cosechas (todos vosotros estáis invitados, por ignorantes) y he pospuesto el asunto de la leña para el otoño ( a ver si entonces están en sus casas).


Por críticas de gentes, mientras que no hagáis mal,
buscad vuestro provecho y no os dejéis llevar.

domingo, 9 de julio de 2017

El cuento de la criada

Acabo de terminar de leer “El cuento de la criada” de Margaret Atwood, y siento la extraña sensación de tener que desembarazarme de ella. Sin perder tiempo.
Escrita en 1985 y publicada en español este mismo año, “El cuento de la criada” es una novela extraña. Es una distopía, que los críticos colocan a la altura de las de Orwell y Huxley, en la que el poder omnímodo y totalitario se traduce en un mundo homófobo, establecido contra las mujeres, tras una radiación tóxica.
He seguido el relato con atención y sorpresa, pero sin “devoción” ni sumisión. Un relato a veces sugerente, a veces inquietante, las más de las veces revelador de dónde podríamos llegar sin forzar la lógica de algunos comentarios y actitudes frecuentes aún entre nosotros hoy.

Sus críticas son muy buenas. Quizás deberíais leer aquí , pero a mí, debo decirlo, no me ha cautivado.